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Mi Canto

Yo no quiero ser poeta, ni quiero mi nombre elevar. Quiero marchar con el pueblo, contra el régimen protestar. Canto por los que vinieron, canto por los que vendrán. El pueblo olvida fácil, memoria y techo de cristal. El pueblo se vuelve ciego, cuando ve una estrella brillar. Canto por los caídos, canto por los que caerán, canto por los reprimidos, canto por los que cantarán. No quiero cantar tragedias, quiero gloria y epopeyas, pero el jilguero sin alas nunca podrá volar. Canto por los que vinieron, canto por los que vendrán. Canto por los que luchan, por vivir, comer y soñar.

Reflexus IV

Y llegó el día en que nada más se puede esperar. Hasta la copa más vasta tiene un borde que rebasa el vino añejo. Beber gota a gota es la solución, o al menos dejar caer el contenido. No quedará botella en pie luego de la batalla, será un triste paisaje exequial. Cristales rotos, cuyo brillo se pierde bajo las luces de la aurora. Me levanto y espero junto al umbral; la resaca del ayer aún pesa sobre mi frente. Espero, espero, aún cuando no debo esperar. Tomo mi copa vacía y la vuelvo a llenar, otros aterciopelados mancharan mis labios; mientras, buscaré otros caminos.
Hubo una vez, un lugar, una tierra en que los árboles crecían más altos, tan altos como los sueños de aquellos que se posaban a su sombra y veían pasar las estaciones en silencio. Una tierra, cuyos frutos eran más dulces que cualquier otro, más grandes y aterciopelados. La miel de la vida se concentraba entre las manos de quien la bebía. Los tréboles más verdes, el cielo más limpio. Flores más perfumadas, horas más tranquilas. Un día me pregunté que tenía ese lugar, que lo diferenciaba tanto del resto. El hombre me tendió sus ásperas manos, mientras hablaba del asufre y los sarmientos con los ojos llenos de ilusiones. Esa era la diferencia, el amor del hombre por la tierra que araba y cuidaba, que le daba el sustento a él y su familia, que permitía que los sueños se elevaran más alto que los mismos árboles... Yo vine de esa tierra, y ahora me despido por adelantado del hombre que me enseñó a amar la tierra y agradecer lo que se aprende cada día. Me despido, y en silencio, como si

Caracolas

Alguien me sonríe. Desconcertante. Francamente. Detengo mi paso acelerado y giro sobre mis talones. Él aún me observa con la sonrisa fija en los labios. Apenas distingo sus rasgos a través del cristal blanqueado: los ojos tímidos, la boca risueña. No sé qué hacer, no todos los días te sonríe un extraño a través de un cristal. Alzo la vista y me encuentro  frente a la facultad de economía de la Chile. Un cristal sembrado de caracoles delineadas me separan del desconocido. Me animo, y camino hasta el umbral. Un guardia me indica que a mi izquierda, como siempre, está la entrada a la exposición. Me detengo en la puerta y busco con la mirada al desconocido sonriente. Detenido en la nada, ahora con los ojos vidriosos y la boca sorprendida, rodeado de caracolas. Me acerco con soltura, los extraños no me intimidan. Son las caracolas de Neruda, una maravillosa colección, me comenta con voz temblorosa, mientras toma los colores de una granada, y parecías una sirena. ¿Por lo encantadora, o

Mujer en jaula

Mujer en jaula desnuda como el cielo limpio de verano. De plata y marfil como la luna enérgica como la tierra contenida como la lava. Esclava de la ira hermana de la nada. De sellado destino, por extraños marcados. Callas como mandan bailas como marcan. Aprendes a bailar canciones nunca escuchadas. Te encuentro en un camino más certero que tortuoso tu espalda cansada sostiene el mundo entero. Cuesta arriba van tus pasos doble esfuerzo para un doble pecado. Pecado nacer mujer pecado amamantar al hombre que un día de limpio cielo querrá marcar la danza de otra, como tú, mujer en jaula.

Ojo rojo

Mi ojo está rojo. Maldito derrame. Siento que late, siento que aulla. Pareciera que mi ojo quiere ahogarse en mi propia sangre. Mi ojo rojo late, palpita fuerte, como un nuevo corazón inserto en mi rostro. Mi ojo rojo suspira, se agita, late. Quiero que se detenga. Que se desangre. Que vuelva a ser puro y limpio. Quiero que sane. Quiero que viva. Mi ojo rojo, rojo como la sangre. Rojo de sangre. Rojo de ira. Mientras que mi otro ojo, sólo lo mira.

Viajando en ti

He recorrido muchos lugares. Muchos caminos he conocido, muchas encrucijadas he salvado. He bajado al mismo infierno, y surcado todos los círculos del purgatorio. Escalé el Sinaí buscando la paz, y sólo hallé rocas de sal. Me sumergí en un mar muerto en medio de la nada, ahí encontré paz. He buscado tantas cosas, he cruzado tantas llanuras, que hoy mis pies cansados ya no quieren seguir. Vagué por los límites de la locura, y conocí la umbría región de la desesperanza. Tantos caminos, tantos compañeros. Siempre victorioso. Siempre gallardo. Pero este último viaje me lleva a mal destino. Giré a la derecha sobre tu piel, y caí en la sima de tu seno. Me deslicé entre las rocas, no imaginas mi gran esfuerzo. Errante y desesperado penetré en tu ser desenvuelto. Perdí la brújula de mi conciencia entre la enramada de tus cabellos. Y ya no supe como regresar. Pues me he perdido en el planeta de tus ojos.

IV

Ausente, como la muerte al mediodía. Distante, como el claro de luna que tu rostro ilumina. Amante, como ese secreto que ahoga las penas. Sobreviviente, como hija de diosas que cae al averno. Caminante, insaciable de senderos, de pecados carnales.

En tu vaga sonrisa

A  D. F. K . Te pierdes entre frías columnas y vagas sonrisas. Te distingo en medio de la nada, en el corazón bullicioso de aquella que nos une. Tu sonrisa ilumina como el sol que te baña, tus ojos sonríen como el cielo estival. No te hablo, no te busco. Te observo en silencio tras ahumados matices. No te escucho, no te veo, finjo perderme en la rutina de las vagas sonrisas. Por ti haría sonreír hasta las columnas que te rodean. pero nada de lo que haga llevará tu nombre, pues mi nombre no está ni la más vagas de tus sonrisas.

III

Deshace los abismos que nos separan. El vestido es sólo una idea. Tu piel cambia; la pasión queda. Dime entre sombras qué te parece más real. Tómame en acto, soy tuya en potencia.

De tres en tres

Brota Sacude Macilla La vena que rebasa El tinte infinito Susurra Amilana Castiga El verbo marchito Que manda besar Acude Sostiene Deshonra La luz grisácea Que esconde las horas Rebasa Besa Esconde La luz marchita al verbo Teñido de grises horas Venas infinitas

Las palabras

Para que tú me oigas mis palabras se adelgazan a veces como las huellas de las gaviotas en las playas. Neruda Hay días en que pienso más lento. Como si las palabras resbalaran porla espalda de mi mente o se deslizaran como orugas sobre la corteza del árbol de la ciencia. O fueran hechas de sílabas saviosas, letras de amargas mieles, sones de lodo cenagoso, cadencias de cera tibia... Y las palabras esquivas se contornean frente a mis ojos, como burlescas meretrices que no permiten que me adormezca con su perfume. Y las observo, como frutas maduras de un árbol en medio del desierto, como a la luz del sol durante un ecplise. Y las maldigo; y ellas me devuelven su maleficio silenciador.

Reflexus III

Mírame, soy la misma que viste ayer, hace un mes, la que amaste un noche, aquella que conociste hace un año. Mírame y dime por qué me amaste. Mírame y dime qué temes de mí. Mírame. Tengo los mismos defectos y virtudes. No soy de cera; los días pasan e igual me mantengo; no hay parafina en mí que se evapore con el sol, y mi figura se deshace entre rumores. Soy la misma de ayer, dime ahora por qué tú cambiaste tanto. No soy hoguera ni vid; no me he convertido en cenizas, ni he de embriagarte con dulces palabras. Soy la misma de ayer, dime ahora en qué fallamos. No soy haz de luz ni cierta umbría; no me desintegro en colores ni alegorías, no confundo tu paso ya difuso. Soy la misma de ayer, dime ahora qué hizo de nosotros la vida...

Contra raza

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Cuando nací le dijeron a mi mamá que me pusiera un apellido normal, un apellido como la gente. Llegué a este lugar buscando una oportunidad; un espacio; cansada de ser extraña en la tierra de mis ancestros. Expulsados, errantes, mi familia caminó siglos entre el límite del silencio y la extinición, represión. Un dictador dijo que no existíamos, que sólo eramos chilenos; nacionales de una nación que nos nrobó, ultrajó y humilló. Me miro al espejo mientras me cepillo el cabello, negro y lacio como el de mi madre, tengo también sus ojos, pero llenos de agua como mi papá, a quien nunca vi. Siempre digo que nací de mi madre sola, como el pehuén nace de la tierra sola; el agua vino y se fue, se escurre como mi padre sin nombre. Tengo las mejillas tostadas como mi abuela, tostadas como la harina demasiado tiempo al fuego. Me río ahora, d eniña era distinta de todos; no era como los niños de la ciudad; y mis primos se reían de mis ojos de cielo, sin las lumbreras que mi pueblo ostenta

La princesa y el ogro

Hay mañanas en que la luna se niega a dejar el cielo, y la noche no quiere recogerse. El sol parece no brillar, decía una niña a su madre, mientras esta la abrazaba fuerte. Yo quiero ver mariposas mamá, cuéntame un cuento mamá. La madre la presionaba contra su pecho, y con un suave murmullo intentaba silenciar a su hija. Te prometo amor mío, que si callas saldremos de esta, y ahí te contaaré un lindo cuento con un final feliz. Quédate aquí y piensa en ese cuento que tanto te gusta mi vida, ese del elefante que bebe champañay alzaba el vuelo con sus orejas como alas. Un grito seco la interrumpió. Golpes, sonidos rotos, un disparo. La niña comenzó a llorar. La mujer regresó al armario en que había escondido a su hija. Salpicada de sangre, la tomó en su brazos y le cerró los ojos. La subió al automóvil y echó a andar. Érase una vez un ogro malo. ¿Muy malo mami? Sí, el mas malo de todos, que tenía a una reina y a su hija la princesa prisioneras de una torre de mármol... En la sala de estar

Reflexus V

Que fácil parece en las letras llevarlo al corazón es el problema.

Locura en flor: Parte primera

¡Te reís!... Pero sólo vos me ves. Mientras tomaba entre sus manos las flores resecas que caían del florero, la joven morena que permanecía inmóvil en la esquina no separaba sus ojos del horizonte perdido. Él abría sus manos como alforja que cuidara exquisito tesoro, y aún parecía perfumar el ambiente con aquellos marchitos pétalos. Y respiraba sobre cada flor marchita, para que esta soltara sus vestidos, como seducidas por aquel galante hombre que recogía ahora sus ropas. Con suma delicadeza las aprisionaba y entre sus dedos, sin dejar escapar ni un solo pétalo, pero sin oprimirlas, quien podría oprimir una creación tan bella, quien podría apresar la belleza hecha vida. Se acercó a la mujer morena de la esquina. Y le habló del cielo, de los árboles, de las aves que anuncian el arrebol de la aurora, de como se posa el sol en tus ojos, y como haría bailar las estrellas sobre tu cabeza, y mira, no son éstas flores secas, son amores marchitos, historias de alguien que llora y s

Ella

Ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza Siempre sintió que medio vivía, o quizás estaba siempre a un paso de morir. Dicen que nació media muerta. Pero yo nunca pude encontrarla ni a la mitad de la vida. Dicen otros que su vida se fue con el sol de la primera mañana, y que extravió el resto a la mitad del camino. Siempre le dijeron deja eso, yo también lo hice, eso que te está matando. Ella siempre contestaba que de dejar eso, eso que la estaba matando, moriría antes. Ella me enseñó muchas cosas, a nunca vaciar por completo la copa, a no vivir de lo que hay si no de aquello que queremos tener, a no temer el nuevo día. Yo que tomé su mano en el último día, y oré por su alma al enfrentar el juicio final, sé a ciencia cierta que no hubo arte más bello en su corta vida, que aquella de lograr enfrentar cada mañana con el alma ya apagada y los ojos llorosos. Vivir a medio morir, fue una de sus más loables hazañas; pero la más grande de todas fue amar como si la vida se naciera e

Soy como tú

Soy como esa que quiso al hombre incompleto. Sueño como aquella que vende flores a los amantes. Duermo como la que se desvela por quien venera. Recuerdo como la que visita el camposanto cubierto de suspiros. Callo como una que en ello ve como se va la vida. Respiro como aquella que corre por las calles, libre de cadenas y morales. Canto como quien pide al dios misericordia. Perdono como una que mil veces se ha visto ofendida. Escucho fiel, confesora de secretas pasiones. Me aferro como la incipiente vida que se anida en el seno. Sobrevivo como quien saltó del acantilado. Fui hermana, soy madre, soy tarde y mañana. Odié como la que vio su hijo crucificado. Lloré como la que ve sus sueños quebrados. Y amo como esa que por ti, tiene la mirada perdida. Soy igual que tú, soy igual que esa. Me abro camino entre la enramada y el desierto, trazo senderos sobre la desilusión del momento. Observo en silencio la muerte del astro, maldigo entre dientes el tiempo inflexible. Soy como esa, soy como
Soy la flor de cera que añora la primavera del jardín. Soy la hierba seca que nunca habrá de besar el rocío. Soy como aquella higuera, cuya única certeza es amar el hacha, y abrir su vientre a quien no entiende el milagro de soñar. Dar hijos secos y desdeñados; frutos a la tristeza condenados. Soy la flor de cera que nunca dará frutos. Soy la hierba seca que ya vio la vida pasar. Soy higuera talada, hecha leña, destruida. Soy aquella que amó, pero nunca fue correspondida.

Reflexus II

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Quiero un cuaderno en blanco. Sin límites, sin guías. Quiero papel inmaculado, para mancillar con mis ríos de tinta, negra como la noche, negra como el pecado. Quiero bosquejar una nueva vida, con nuevos encantos y nuevas cadenas. Quiero abrir la ventana, y dejar ir las penas, los temores, las pasiones, todo eso que se envuelve con mis sábanas y se escurre por la piel. Y sentir la brisa fresca mecer mis cabellos coronados con una tiara de azahares, de sueños, de ilusiones; y el vestido vaporoso de la naciente aurora se agite con el viento y las vertientes claras. Quiero un cuaderno en blanco, y un nuevo cuento iniciar. Son muchos los capítulos vividos, y muchos quedan por narrar.
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- Yo no soy tú.- Susurró una voz cavernosa desde el otro lado del cristal. Retrocedí un paso, y la mujer que me habló, hizo lo mismo, sorprendida, igual que yo. - Yo no soy tu reflejo; yo soy la imagen de aquello que tú quieres ver en el espejo.

Jardín versado

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Madre selva perfumada, margarita blanca piel, mejillas amapoladas, y tus tristes labios de clavel. Ojos negros de Susana, rostro grácil de magnolia, como candorosa porcelana y apasionada begonia. Con tu risa de petunia en mis lilas floreciste y con tus lágrimas de fucsia mis ilusiones reviviste. No te quiero siempre viva, ni perfumada azul violeta. Corona de azahares la vida, y que el jazmín te abra sus puertas. Eres frágil clavelina, y suspiro yo por ti, con tus manos de alhelí yo te quiero buganvilia.

El ciclo del silencio

Léase a voz alzada. El suave susurro del silencio sucumbe ante la avariciosa voz de sagrados sueños. Yo presencio como sega su esencia la hoz. Sustituyen poco a poco mi alabanza roncos ritmos, rudos, rechinantes, así realzan toda su probanza: arremeten, pero van mermando. Vuelven nuevamente a la quietud, de pasadas calmas y dulces voces. Del silencio los susurros son multitud, ¡para ser ultrajados otra vez entonces!

Reflejo

Tu nombre está impreso en cada página. No necesito indicarte el lugar en que haz de hallarlo. Observo con detención aquella figura que se para frente a mí. Su mirada sostiene desafiante la mía; su boca, una mueca de indiferencia, pareciera tener algo que decir. Ojos cansados. Labios mustios y resecos. La piel de mármol y los hombros caídos. Lástima. Eso provoca en mí. Veo en sus ojos, que alguna vez brillaron con intensidad. Veo en la comisura de sus labios, que alguna vez sonrió. Sus hombros caídos, evidencian el cansancio, la desidia de los años pasados que se cargan sobre la espalda y encogen el alma hasta hacerla un pequeño bulto que fácilmente se extravía. Y quién no ha extraviado una parte de sí. Al entregar el corazón a quien no lo mereció; al dar la mano a aquel que empuñaba ponzoñosa daga; al confiar en ese que no supo luego cuidar sus palabras. Y es que todos viven expuestos a perder algo, incluso a sí mismos; a ir por un tortuoso camino, y no regresar por él. Y a

Dios bien sabía que él no quería ser un ángel.

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Menos luego de manchar su manos con la sangre de uno. Es que sus vidas son tan difíciles, viviendo entre nubes, nada sabían del mundo. Y cuando él conoció aquel ángel, una mañana tardía, sólo atinó a tomarlo de la mano y arrastrarlo junto a él. Luego supo que era un ángel, antes de eso nunca había visto uno. Y quizás nunca más tendría uno tan cerca. Digo quizás, porque no los reconocemos hasta que es muy tarde, y hemos arrancado sus alas, o cegado sus ojos, y al seguir ellos en pie, buscando alzar el deseperado vuelo, o caminando a tientas entre calígenes, comprendes la grandeza de aquella criatura a la cual has condenado con tus propias manos. Y es que ellos son los que se dejan dañar, incapaces de negarse ante quienes aman, al no ser correspondidos siempre saldrán heridos. No son como los mortales simples y ordinarios, no son como tú o cómo él, su paciencia es infinita, y su bondad como un cáliz fecundo. Y su vientre un cálido nido. Y sus manos suave caricia. Y sus ojos luminosos

Sola en casa

Enciendo la radio en la sala, la quejumbrosa voz de Ozzy llena el espacio. Me arrastro hacia el escritorio, retrasando cada paso, cada suspiro, deteniendo el tiempo en la palma de mi mano. Me dejo caer en la silla que se mece suavemente, debería ajustarla, pero qué importa, pronto tendré que cambiarla. Tomo ti taza y bebo el café fresco, pero ya casi frío. Algunas gotas caen sobre el teclado y me pregunto dónde irán a parar, es probable que se deslicen hacia ese mundo secreto oculto bajo las teclas, donde cientos de ecosistemas deben gestarse, sin imaginar que hay todo un universo fuera. Universo, afuera. Afuera, ¿de qué? ¿de mi puerta, de mi calle, de mi ciudad? Cientos de relojes irrumpen mis divagaciones, Time suena ahora, y recién me doy cuenta de que mi café está aguado. No debería beberlo, eso dijo me doctor, ni fumar, ni las bebidas alcohólicas. Tampoco sexo fuera del matrimonio, ni cruzar la calle en rojo, pero el mundo no está como para seguir instrucciones dictadas desde afue
Perdona que no siga tus pasos, Perdona que de la mano no os pueda coger, tiemblan mis labios por besarte, tiembla y arde por ti mi piel. Cada uno en su hemisferio, Perdidos, antípodas amantes. Tú sigues tu estrella Yo voy tras mi cruz. Que pequeño se hace el mundo Cuando quieres desaparecer, Mas inmenso e infranqueable Cuando buscas tu querer. Esta noche amado mío, Creo, me despido de ti. Voy yo tras mis sueños, Y tú ya debes partir. Y no temo tu partida, La vuelta al mundo habrás de dar, Y si sigo mi camino, Contigo, Algún día, Me voy a encontrar.

Soliloquio nocturno

El karma y la puta que te parió ... Fue lo primero que pensé cuando recuperé la conciencia aquella mañana. Eso tenía que ser, todo se paga en esta vida, algunas veces de las formas más insospechadas, otras con el mismo juego cruel y sangriento que uno se entretuvo antes. ¿No crees? Lo que hice contigo, ahora lo hacen conmigo, aunque de una forma más sutil, y más informada. Me explican aquello que no harán, yo fui más cobarde salí corriendo, y dejé la puerta abierta. Y ahí sigues tú, llueva o azote el viento, sigues ahí, para mí, y no entiendo porqué si ya bastante te hice sufrir, te ilusioné nos ilusionamos, pero no maldito miedo maldito temor de perderte, yo que te amaba tanto y sólo quería lo mejor para ti terminé por enredarme con un hijo de puta y su mundo de mentiras con el que aún me persigue de vez en cuando. En vez de quedarme refugiada al calor de tu pecho preferí jugar a la niña fuerte y dejarte atrás, yo quien tanto te quería no fui capaz de darte un explicación, una maldita