Mi Canto

28 de diciembre de 2010


Yo no quiero ser poeta,
ni quiero mi nombre elevar.
Quiero marchar con el pueblo,
contra el régimen protestar.

Canto por los que vinieron,
canto por los que vendrán.

El pueblo olvida fácil,
memoria y techo de cristal.
El pueblo se vuelve ciego,
cuando ve una estrella brillar.

Canto por los caídos,
canto por los que caerán,
canto por los reprimidos,
canto por los que cantarán.

No quiero cantar tragedias,
quiero gloria y epopeyas,
pero el jilguero sin alas
nunca podrá volar.

Canto por los que vinieron,
canto por los que vendrán.
Canto por los que luchan,
por vivir, comer y soñar.

Reflexus IV

13 de diciembre de 2010

Y llegó el día en que nada más se puede esperar. Hasta la copa más vasta tiene un borde que rebasa el vino añejo.
Beber gota a gota es la solución, o al menos dejar caer el contenido.
No quedará botella en pie luego de la batalla, será un triste paisaje exequial. Cristales rotos, cuyo brillo se pierde bajo las luces de la aurora. Me levanto y espero junto al umbral; la resaca del ayer aún pesa sobre mi frente.
Espero, espero, aún cuando no debo esperar.
Tomo mi copa vacía y la vuelvo a llenar, otros aterciopelados mancharan mis labios; mientras, buscaré otros caminos.
Hubo una vez, un lugar, una tierra en que los árboles crecían más altos, tan altos como los sueños de aquellos que se posaban a su sombra y veían pasar las estaciones en silencio.
Una tierra, cuyos frutos eran más dulces que cualquier otro, más grandes y aterciopelados. La miel de la vida se concentraba entre las manos de quien la bebía.
Los tréboles más verdes, el cielo más limpio. Flores más perfumadas, horas más tranquilas.

Un día me pregunté que tenía ese lugar, que lo diferenciaba tanto del resto. El hombre me tendió sus ásperas manos, mientras hablaba del asufre y los sarmientos con los ojos llenos de ilusiones.
Esa era la diferencia, el amor del hombre por la tierra que araba y cuidaba, que le daba el sustento a él y su familia, que permitía que los sueños se elevaran más alto que los mismos árboles...
Yo vine de esa tierra, y ahora me despido por adelantado del hombre que me enseñó a amar la tierra y agradecer lo que se aprende cada día. Me despido, y en silencio, como si aún viera pasar las estaciones a la sombra de los árboles.

Caracolas

26 de noviembre de 2010

Alguien me sonríe.
Desconcertante. Francamente.
Detengo mi paso acelerado y giro sobre mis talones.
Él aún me observa con la sonrisa fija en los labios. Apenas distingo sus rasgos a través del cristal blanqueado: los ojos tímidos, la boca risueña.
No sé qué hacer, no todos los días te sonríe un extraño a través de un cristal. Alzo la vista y me encuentro  frente a la facultad de economía de la Chile. Un cristal sembrado de caracoles delineadas me separan del desconocido.
Me animo, y camino hasta el umbral. Un guardia me indica que a mi izquierda, como siempre, está la entrada a la exposición. Me detengo en la puerta y busco con la mirada al desconocido sonriente. Detenido en la nada, ahora con los ojos vidriosos y la boca sorprendida, rodeado de caracolas. Me acerco con soltura, los extraños no me intimidan. Son las caracolas de Neruda, una maravillosa colección, me comenta con voz temblorosa, mientras toma los colores de una granada, y parecías una sirena. ¿Por lo encantadora, o ahora soy un híbrido raro...? lo interrogo con ironía. Parecías una sirena a través de la caracola, cuando te vi pasar digo, como quien ve brillar un tesoro en el seno del mar... Así que también poeta, además de amante de las caracolas. Nunca como el Grande. Me imagino,  no pareces haber desnudado tantas mujeres en tu vida...
Me invita un café. Estudia ahí me cuenta. ¿Yo qué hago? Fumo, y cultivo plantas, una se llama como mi mamá, lo más cercano a una familia, le comento; él se ríe. Me cuenta sobre la exposición, su vocación de poeta frustrado, y cómo vendió su alma al iniciar la carrera. Yo le hablo de mis noches en vela, de mis pesadillas eternas, de la soledad.
Me ofrece compañía. Dice conocer los rincones de la soledad, y del placer agrega después.
Me agrada. Pasa de la timidez a una actitud agresiva. Pretende dominar el diálogo, imponer temas, marcar el paso.
Yo ando y desando, lo dejo remontar y lo hago retroceder. Sigo su juego. Lo envuelvo, lo seduzco, mientras él mece sus ideas en una vorágine de insinuaciones.
Lo invito a dar un paseo, el ambiente universitario no es lo mío. Lo que digas sirena...
Él me sigue. Mosca tras la miel agria.
Cruzo la calle, y con ello la línea. Él grita. Me detengo en el medio, volteo, lo tomo por la cintura y lo beso. Las bocinas son música que nos invita a bailar. A ojos extraños somos dos locos en medio de la calle, consumidos por un beso. Corro hasta la orilla. Le tomo la mano. 
El mundo es mío, le grito mientras huyo de su abrazo.
El mundo es nuestro me corrige.
No, sólo mío, y lo devoro cuando quiero. Lo empujo contra una reja, lo beso una vez más. Regresa con su abrazo, escapo de él. Corro. Río. Me sigue. Me detengo en Condell. Respiro. Suspiro.
Esta noche no te me escapas.
No, le corrijo, esta noche tú te quedas.
Lo que digas sirena.
Me invita a pasar a su casa. Me resisto, no te conozco lo suficiente. Caminamos entre árboles y faroles, tomados de la mano.
Le menciono un motel cercano. Se sorprende, duda. Lo beso y cede. Hombre, no me sorprende.
Encerrados entre mil espejos adopto una actitud álgida. Lo confundo,  lo interrumpo, lo abrazo, me entrego.
La noche es corta cuando se halla un buen compañero para improvisar.
Como una sirena que me atrae y atrapa, murmura mientras cede al peso de la noche. Parece un ángel mientras duerme.
Me visto entre calígines y silencio. La noche es corta para los eternos fugitivos.
Dejo el lugar, huyo de la escena del crimen con el cuerpo mancillado por el sudor de aquel que duerme con una sonrisa. 
Enciendo las luces del departamento. Saludo a mis imaginarios. Le cuento a mi madre lo acontecido. Parece que reprochara mi comportamiento, como siempre. Me río sobre la alfombra, mientras el humo deja mis labios.
Después de todo, es mejor dejarlo ir, las sirenas podemos ser mortales ¿o no mamá?
Vuelvo a reír, más que mortífera, luzco como loca. Nadie más habla con las plantas en esa forma y con tal decisión.
Cierro los ojos y pienso en aquel que dejé. El humo se eleva sobre mi cabeza, y forma una caracola.

Mujer en jaula

18 de noviembre de 2010

Mujer en jaula
desnuda como el cielo limpio de verano.
De plata y marfil como la luna
enérgica como la tierra
contenida como la lava.
Esclava de la ira
hermana de la nada.
De sellado destino,
por extraños marcados.
Callas como mandan
bailas como marcan.
Aprendes a bailar
canciones nunca escuchadas.

Te encuentro en un camino
más certero que tortuoso
tu espalda cansada sostiene el mundo entero.
Cuesta arriba van tus pasos
doble esfuerzo
para un doble pecado.
Pecado nacer mujer
pecado amamantar al hombre
que un día de limpio cielo
querrá marcar la danza
de otra, como tú, mujer en jaula.

Ojo rojo

17 de noviembre de 2010

Mi ojo está rojo. Maldito derrame. Siento que late, siento que aulla.
Pareciera que mi ojo quiere ahogarse en mi propia sangre.
Mi ojo rojo late, palpita fuerte, como un nuevo corazón inserto en mi rostro. Mi ojo rojo suspira, se agita, late.
Quiero que se detenga. Que se desangre. Que vuelva a ser puro y limpio. Quiero que sane. Quiero que viva.
Mi ojo rojo, rojo como la sangre. Rojo de sangre. Rojo de ira.
Mientras que mi otro ojo, sólo lo mira.

Viajando en ti

14 de noviembre de 2010

He recorrido muchos lugares. Muchos caminos he conocido, muchas encrucijadas he salvado. He bajado al mismo infierno, y surcado todos los círculos del purgatorio. Escalé el Sinaí buscando la paz, y sólo hallé rocas de sal. Me sumergí en un mar muerto en medio de la nada, ahí encontré paz. He buscado tantas cosas, he cruzado tantas llanuras, que hoy mis pies cansados ya no quieren seguir.
Vagué por los límites de la locura, y conocí la umbría región de la desesperanza. Tantos caminos, tantos compañeros. Siempre victorioso. Siempre gallardo.
Pero este último viaje me lleva a mal destino. Giré a la derecha sobre tu piel, y caí en la sima de tu seno. Me deslicé entre las rocas, no imaginas mi gran esfuerzo. Errante y desesperado penetré en tu ser desenvuelto. Perdí la brújula de mi conciencia entre la enramada de tus cabellos. Y ya no supe como regresar. Pues me he perdido en el planeta de tus ojos.

IV

7 de noviembre de 2010

Ausente,
como la muerte al mediodía.

Distante,
como el claro de luna que tu rostro ilumina.

Amante,
como ese secreto
que ahoga las penas.

Sobreviviente,
como hija de diosas que cae al averno.

Caminante,
insaciable de senderos,
de pecados carnales.

En tu vaga sonrisa

3 de noviembre de 2010

A  D. F. K.
Te pierdes entre frías columnas y vagas sonrisas. Te distingo en medio de la nada, en el corazón bullicioso de aquella que nos une.
Tu sonrisa ilumina como el sol que te baña, tus ojos sonríen como el cielo estival.
No te hablo, no te busco. Te observo en silencio tras ahumados matices. No te escucho, no te veo, finjo perderme en la rutina de las vagas sonrisas.

Por ti haría sonreír hasta las columnas que te rodean. pero nada de lo que haga llevará tu nombre, pues mi nombre no está ni la más vagas de tus sonrisas.

III

Deshace los abismos que nos separan.
El vestido es sólo una idea.
Tu piel cambia; la pasión queda. Dime entre sombras qué te parece más real.
Tómame en acto, soy tuya en potencia.

De tres en tres

26 de octubre de 2010

Brota
Sacude
Macilla
La vena que rebasa
El tinte infinito

Susurra
Amilana
Castiga
El verbo marchito
Que manda besar

Acude
Sostiene
Deshonra
La luz grisácea
Que esconde las horas

Rebasa
Besa
Esconde
La luz marchita al verbo
Teñido de grises horas
Venas infinitas

Las palabras

21 de octubre de 2010

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Neruda

Hay días en que pienso más lento. Como si las palabras resbalaran porla espalda de mi mente o se deslizaran como orugas sobre la corteza del árbol de la ciencia. O fueran hechas de sílabas saviosas, letras de amargas mieles, sones de lodo cenagoso, cadencias de cera tibia...
Y las palabras esquivas se contornean frente a mis ojos, como burlescas meretrices que no permiten que me adormezca con su perfume.
Y las observo, como frutas maduras de un árbol en medio del desierto, como a la luz del sol durante un ecplise.
Y las maldigo; y ellas me devuelven su maleficio silenciador.

Reflexus III

16 de octubre de 2010

Mírame, soy la misma que viste ayer, hace un mes, la que amaste un noche, aquella que conociste hace un año.
Mírame y dime por qué me amaste. Mírame y dime qué temes de mí. Mírame.
Tengo los mismos defectos y virtudes. No soy de cera; los días pasan e igual me mantengo; no hay parafina en mí que se evapore con el sol, y mi figura se deshace entre rumores.
Soy la misma de ayer, dime ahora por qué tú cambiaste tanto.
No soy hoguera ni vid; no me he convertido en cenizas, ni he de embriagarte con dulces palabras.
Soy la misma de ayer, dime ahora en qué fallamos.
No soy haz de luz ni cierta umbría; no me desintegro en colores ni alegorías, no confundo tu paso ya difuso.
Soy la misma de ayer, dime ahora qué hizo de nosotros la vida...

Contra raza

12 de octubre de 2010

Cuando nací le dijeron a mi mamá que me pusiera un apellido normal, un apellido como la gente.

Llegué a este lugar buscando una oportunidad; un espacio; cansada de ser extraña en la tierra de mis ancestros. Expulsados, errantes, mi familia caminó siglos entre el límite del silencio y la extinición, represión.
Un dictador dijo que no existíamos, que sólo eramos chilenos; nacionales de una nación que nos nrobó, ultrajó y humilló.
Me miro al espejo mientras me cepillo el cabello, negro y lacio como el de mi madre, tengo también sus ojos, pero llenos de agua como mi papá, a quien nunca vi. Siempre digo que nací de mi madre sola, como el pehuén nace de la tierra sola; el agua vino y se fue, se escurre como mi padre sin nombre. Tengo las mejillas tostadas como mi abuela, tostadas como la harina demasiado tiempo al fuego. Me río ahora, d eniña era distinta de todos; no era como los niños de la ciudad; y mis primos se reían de mis ojos de cielo, sin las lumbreras que mi pueblo ostenta orgulloso en su mirada; como nadie, era de nadie, de ningún lugar.
Ahora llego acá; y nada cambia. No pertenezco, y a nadie me parezco. No soy chilena para muchos, y tampoco quiero serlo mientras opriman a mi familia, y continúen siendo flagelados, por pedir lo que es suyo.
Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón, me dijo una compañera cuando discutíamos sobre mi pueblo. Nosotros nada hemos tomado que no nos pertenezca, fueron ellos los que llegaron matanto y predicando, inundando y talando, quemando y disparando antes de que el primero de nosotros encendiera la primera tea.
No somos gente mala. Queremos lo que todos quieren, un lugar, un hogar. Es la gente mala quien quiere lo que los demás tienen; y no tienen más consejero que la ambición. No buscan la belleza, la paz; buscan la riqueza, la utilidad.
Somos igual que todos-, con otro color, otras creencias, pero buscamos ocupar el lugar que alguna vez nos vedaron.
Tomo mi mochila y salgo. Hoy a marchar. Unos celebran el día de la raza. Yo y mi pueblo tenemos un año más sin nada que celebrar.




La princesa y el ogro

7 de octubre de 2010

Hay mañanas en que la luna se niega a dejar el cielo, y la noche no quiere recogerse.
El sol parece no brillar, decía una niña a su madre, mientras esta la abrazaba fuerte.
Yo quiero ver mariposas mamá, cuéntame un cuento mamá.
La madre la presionaba contra su pecho, y con un suave murmullo intentaba silenciar a su hija.
Te prometo amor mío, que si callas saldremos de esta, y ahí te contaaré un lindo cuento con un final feliz.
Quédate aquí y piensa en ese cuento que tanto te gusta mi vida, ese del elefante que bebe champañay alzaba el vuelo con sus orejas como alas.
Un grito seco la interrumpió. Golpes, sonidos rotos, un disparo.
La niña comenzó a llorar.
La mujer regresó al armario en que había escondido a su hija.
Salpicada de sangre, la tomó en su brazos y le cerró los ojos.
La subió al automóvil y echó a andar.
Érase una vez un ogro malo. ¿Muy malo mami? Sí, el mas malo de todos, que tenía a una reina y a su hija la princesa prisioneras de una torre de mármol...
En la sala de estar estaba el ogro tirado, aún palpitante con una botella de ron rota en la mano, y un agujero en la cabeza. El ogro ya no podría mantener secuestrada a la reina y su hija la princesa. Ya no podría herir a nadie.
Pero como en todas las historias que no son de fantasía, la reina muy tarde se había dado cuenta de que estaba prisionera, y muy tarde tomó conciencia de que su hija correría un destino similar al suyo si no se alejaba de aquel malvado ogro.
Y como siempre sucede en la vida real, la mujer sería castigada, por atentar contra aquel, que antentó durante años contra ella; porque siempre el temor es más fuerte, hasta que se cierran todos los caminos.

Reflexus V

6 de octubre de 2010

Que fácil parece en las letras
llevarlo al corazón es el problema.

Locura en flor: Parte primera

23 de septiembre de 2010

¡Te reís!... Pero sólo vos me ves.

Mientras tomaba entre sus manos las flores resecas que caían del florero, la joven morena que permanecía inmóvil en la esquina no separaba sus ojos del horizonte perdido.

Él abría sus manos como alforja que cuidara exquisito tesoro, y aún parecía perfumar el ambiente con aquellos marchitos pétalos. Y respiraba sobre cada flor marchita, para que esta soltara sus vestidos, como seducidas por aquel galante hombre que recogía ahora sus ropas.

Con suma delicadeza las aprisionaba y entre sus dedos, sin dejar escapar ni un solo pétalo, pero sin oprimirlas, quien podría oprimir una creación tan bella, quien podría apresar la belleza hecha vida.

Se acercó a la mujer morena de la esquina. Y le habló del cielo, de los árboles, de las aves que anuncian el arrebol de la aurora, de como se posa el sol en tus ojos, y como haría bailar las estrellas sobre tu cabeza, y mira, no son éstas flores secas, son amores marchitos, historias de alguien que llora y suspira abrazando su almohada, por miedo a alzar el vuelo, ¿y sabes qué hago yo? Los ayudo a volar. Tomo sus historias entre mis manos, aún huelen a puro amor y deseo, a palabras silenciadas y noches en vela, mira, acércate, las tomo así, las recojo una a una y luego subo a la nube más alta, y las echo a volar, y me despido de ellas deseándoles suerte, mientras caen y abren sus alas.

Pero la joven seguía silenciosa, impertérrita. Él le tomo una mano, y ella inmutable.

No es esta una tarea fácil, prosiguió con su monólogo, ¿ves aquellos dos que caminan por la acera? Él tenía miedo de hacer sufrir aquella dulce muchacha, y más daño le hacía guardando distancia. Así que un día, recogí su historia y le di alas. Y míralos ahora, felices. Yo quisiera ser feliz como ellos. ¿Eres tú feliz? O sólo observas el horizonte, o quizás eres un ángel, o quizás no vienes de este mundo.

- Muéstrame cómo lo haces.- Lo interrumpió ella.

Y una alegría inmensa subió desde la tierra y le coloreó el rostro. La mujer le había contestado.

Ella

20 de septiembre de 2010

Ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza

Siempre sintió que medio vivía, o quizás estaba siempre a un paso de morir.
Dicen que nació media muerta. Pero yo nunca pude encontrarla ni a la mitad de la vida.
Dicen otros que su vida se fue con el sol de la primera mañana, y que extravió el resto a la mitad del camino.
Siempre le dijeron deja eso, yo también lo hice, eso que te está matando. Ella siempre contestaba que de dejar eso, eso que la estaba matando, moriría antes.
Ella me enseñó muchas cosas, a nunca vaciar por completo la copa, a no vivir de lo que hay si no de aquello que queremos tener, a no temer el nuevo día.
Yo que tomé su mano en el último día, y oré por su alma al enfrentar el juicio final, sé a ciencia cierta que no hubo arte más bello en su corta vida, que aquella de lograr enfrentar cada mañana con el alma ya apagada y los ojos llorosos. Vivir a medio morir, fue una de sus más loables hazañas; pero la más grande de todas fue amar como si la vida se naciera en su abrazo.

Yo digo hoy que no supe vivir, y ahora que cae el telón suplico un último día para entregar aquello que siempre guardé por temor.

Soy como tú

14 de septiembre de 2010

Soy como esa que quiso al hombre incompleto.
Sueño como aquella que vende flores a los amantes. Duermo como la que se desvela por quien venera. Recuerdo como la que visita el camposanto cubierto de suspiros. Callo como una que en ello ve como se va la vida. Respiro como aquella que corre por las calles, libre de cadenas y morales. Canto como quien pide al dios misericordia. Perdono como una que mil veces se ha visto ofendida. Escucho fiel, confesora de secretas pasiones. Me aferro como la incipiente vida que se anida en el seno. Sobrevivo como quien saltó del acantilado.
Fui hermana, soy madre, soy tarde y mañana.
Odié como la que vio su hijo crucificado. Lloré como la que ve sus sueños quebrados.
Y amo como esa que por ti, tiene la mirada perdida.
Soy igual que tú, soy igual que esa.
Me abro camino entre la enramada y el desierto, trazo senderos sobre la desilusión del momento.
Observo en silencio la muerte del astro, maldigo entre dientes el tiempo inflexible.
Soy como esa, soy como tú. Tengo tus mismos temores, sufro tu mismo dolor.
Soy la flor de cera
que añora la primavera del jardín.
Soy la hierba seca
que nunca habrá de besar el rocío.
Soy como aquella higuera, cuya única certeza es amar el hacha, y abrir su vientre a quien no entiende el milagro de soñar. Dar hijos secos y desdeñados; frutos a la tristeza condenados.
Soy la flor de cera que nunca dará frutos.
Soy la hierba seca que ya vio la vida pasar.
Soy higuera talada, hecha leña, destruida.
Soy aquella que amó, pero nunca fue correspondida.

Reflexus II

10 de septiembre de 2010

Quiero un cuaderno en blanco. Sin límites, sin guías. Quiero papel inmaculado, para mancillar con mis ríos de tinta, negra como la noche, negra como el pecado.
Quiero bosquejar una nueva vida, con nuevos encantos y nuevas cadenas.
Quiero abrir la ventana, y dejar ir las penas, los temores, las pasiones, todo eso que se envuelve con mis sábanas y se escurre por la piel. Y sentir la brisa fresca mecer mis cabellos coronados con una tiara de azahares, de sueños, de ilusiones; y el vestido vaporoso de la naciente aurora se agite con el viento y las vertientes claras.
Quiero un cuaderno en blanco, y un nuevo cuento iniciar.
Son muchos los capítulos vividos, y muchos quedan por narrar.



- Yo no soy tú.- Susurró una voz cavernosa desde el otro lado del cristal.
Retrocedí un paso, y la mujer que me habló, hizo lo mismo, sorprendida, igual que yo.
- Yo no soy tu reflejo; yo soy la imagen de aquello que tú quieres ver en el espejo.

Jardín versado

7 de septiembre de 2010



Madre selva perfumada,
margarita blanca piel,
mejillas amapoladas,
y tus tristes labios de clavel.

Ojos negros de Susana,
rostro grácil de magnolia,
como candorosa porcelana
y apasionada begonia.

Con tu risa de petunia
en mis lilas floreciste
y con tus lágrimas de fucsia
mis ilusiones reviviste.

No te quiero siempre viva,
ni perfumada azul violeta.
Corona de azahares la vida,
y que el jazmín te abra sus puertas.

Eres frágil clavelina,
y suspiro yo por ti,
con tus manos de alhelí
yo te quiero buganvilia.




El ciclo del silencio

6 de septiembre de 2010

Léase a voz alzada.

El suave susurro del silencio
sucumbe ante la avariciosa voz
de sagrados sueños. Yo presencio
como sega su esencia la hoz.

Sustituyen poco a poco mi alabanza
roncos ritmos, rudos, rechinantes,
así realzan toda su probanza:
arremeten, pero van mermando.

Vuelven nuevamente a la quietud,
de pasadas calmas y dulces voces.
Del silencio los susurros son multitud,
¡para ser ultrajados otra vez entonces!

Amada de plata

4 de septiembre de 2010


La arena se colaba entre mis dedos. Fría, húmeda. Mis pies se hundían lentamente en ese mar seco, apacible y granulado, llamado playa.

Aún me parecía soñar.

Mis labios salobres se agrietaban, y la brisa golpeaba mis ojos enrojecidos.

No sé cuánto tiempo tardé en reaccionar, parecía que aún soñaba, mientras mi piel se helaba.

El viento álgido soplaba con fuerza, como si quisiera despertarme de aquel mal sueño.

Las aves entonaban una lúgubre melodía en honor a la dama argentada, cuyo rostro dadivoso iluminaba la playa. Y yo, suspendido de su luz, y con el alma prendada de ella, fijaba ojos y corazón en lo profundo del cielo.

Sin nubes, sin estrellas. El cielo era sólo mío, y la ama y señora de los delirios nocturnos gozaba del papel protagónico en aquella obra maestra. Pieza más perfecta, imposible de hallar en este mundo desolado. Pues no hay otra criatura más cándida y pura que aquella que vela y desvela nuestro sueño.

Yo no tenía opción, envuelto en su luz serena, mi alma ya cruzaba el cielo a su encuentro. Suspendido, prendado, preso de su celda diáfana, no advertía como el mar comenzaba a acariciar mi piel con sus infinitas lenguas.

Y cómo eludir aquel canto de lirios argentados. Era la gran dama quien requería mi presencia. Y en un impulso de amor y veneración alcé los brazos para recibir los suyos y avancé buscando aprehender su delineada figura, hasta que la visión se me hizo imposible, y con el pecho oprimido, me consumí en el seno de la rada.

Pero no creas que no la observo cada noche; la acecho en su oscura atalaya, rodeada de luminosos jardines.

Y aún me parece oír mi nombre, sin poder dar yo respuesta, en las noches que se acerca más y más para buscarme entre los acantilados oceánicos.