Mala Madre II

23 de junio de 2011

Se echó en la cama y recogió entre las frías sábanas. La noche se hacía más larga inmersa en la eterna espera.

Pero nunca tan dolorosa como las tardes inciertas de antaño, en que el futuro se veía tan difuso como los latidos que portaba en su vientre. Tomó la cajetilla que estaba sobre la mesa y la lanzó al basurero, debía cuidarse. Esta vez lo haría.
Atrás habían quedado las noches eternas, la bohemia y la esperanza. Esas noches dieron paso a los días grises e irreconocibles unos de otros.
Cuando la facultad fue un recuerdo, una tímida excusa para volver al pasado, ya no quedaba mucho por recordar.
Como quien vacía sus cajones de la infancia, donde colores y aromas se mezclan entre dibujos y recortes, entre ilusiones y añoranzas, ella decidió dejar atrás toda confusión, conservar la sonrisa sumisa de su madre y las palabras de su padre, y fingir ser la doncella perfecta que ya se cansó de esperar en la torre.
Quiso recordar, sentir un y otra vez aquella extraña emoción del secreto recién conocido, y quizás nunca más develado.

Era de aquellas noches en que el sueño se presenta como una densa cortina, diáfana y etérea, la respiración se altera y arrítmicos sueños invaden la psiquis.
Soñó con murallas blancas y altas, y ese olor a humedad milenaria, que rezuma los huesos y las entrañas. El frío; la algidez de un par de manos que la recorrían y auscultaban su seno, sus extremidades. Susurros y lamentos. La inocencia, y la culpa. Decide, decide por ti, por mí, por tu futuro. La soledad, y la incertidumbre. La presión y el engaño.
Sollozó entre sueños y abrazó la almohada. El pasado vivía aún en su vientre, aun cuando ella lo sellara a fuego y dolor, y lo acallara. El pasado siempre se las arregló para estar presente en su diario vivir, en la sonrisa de un niño, en la mirada de una extraña.
Cayó de entre sus sueños sobre las sábanas. La luz se colaba bajo la puerta.
Tomó su bata y se dirigió a la sala.
Alejandro.
No me llamaste. Tenía otras cosas que hacer. Te hubiese esperado despierta. Unos pendejos que se las dan de revolucionarios Abigail, y ahora el secretario quiere buscar la manera de desalojarlos a todos en un par de noches. Tenemos que hablar... No sé que le pasa a esta gente, no se conforma con nada, mira, si yo estuviera al frente...
No la escucharía. En el último tiempo sólo se escuchaba a sí mismo, o escuchaba al resto cuando le decían lo que él quería escuchar. No era el mismo, aunque en nada había cambiado; más bien se había potenciado su egoísmo crónico y maquillado de buen samaritano.
La rutina develaba sus  defectos, que día a día se magnificaban. Rutina que todo consumía y devastaba. La misma que cargaba cada día y ella accedía a perpetuarla, con el sólo objeto de minar su conciencia.
Su aguas pútridas no minarán nuestras raíces.
Sus gases tóxicos no asfixiarán nuestras altas ramas.
Sus lenguas como hachas no son amenaza; la corteza puede ceder, pero el corazón se arrecia con cada embestida.
Uno, árbol amenazado, indefenso ante realidad inofensa. Juntos, un bosque infranqueable que mira de frente al sol.
Y en lo alto las manos enramadas, se alzan buscando luz y calor.
Y bajo tierra principios ancestrales, las raíces hondas que llenan de savia nuestras venas, como ira contenida, como miles de voces clamando justicia, llevan a lo alto la sublime esperanza de encontrar la libertad...

Podrían por mil años tratar de nuestros principios arrancar, y eso mil años sobre las mismas ideas nuestras construir futuro.
Y podrían mil incendios provocar y nunca quemar nuestras ramas. La conciencia de un pueblo no se hace humo, ni su historia, ni su memoria...
Y aunque con todo lograsen arrasar, de entre cenizas la semilla siempre renacerá.
Camino por Marcoleta. Me detengo en Portugal. Luz roja.
Una mujer me observa detenidamente.
Veo un guanaco pasar frente a mí.
Las piedras en mi mochila, comienzan a temblar.

Mala Madre I

3 de junio de 2011

Mierda, estoy embarazada. Recordó años después Abigail mientras sostenía en su mano la cajita blanca a la espera de la aparición de la crucecita roja.
Treinta años y revivía aquel cosquilleo insensato, aquella duda que corroe entrañas y mueve mundos de ilusión.
Sentada en el borde de la tina, con los pantalones a los talones, no atinaba a quitar su vista abstraía del objeto que aprisionaba entre sus manos.Su ciclo alterado, y una condición similar a la hiperestesia que la aquejaba hacía unas semanas, la hicieron dudar de su estado.

Alejandro estaba de viaje. Últimamente parecía más distante, quizás eran sus divagaciones lo que lo mantenía a distancia, o el constante ir y venir rutinario. Él era un hombre de cambios y aventuras, para nada sedentario y menos asentado. De mirada montaraz, y manos en fuga. Con una sonrisa supo que podría obtener de él algo más que una simple mirada.
Lo conoció en aquellos días de alcohol y bohemia, cuando iba con Paulo al colectivo literario ese, cerca del Perrera Arte, y Paulo aún no dejaba la carrera para dedicarse a vivir de su pluma. Esa noche Paulo le gritó maraca por no querer acompañarlo a su departamento, siempre la insultaba y luego se escudaba en su deplorable estado etílico. Siempre pretendía someter su ánimos, y ella siempre se vio forzada a retroceder; sólo la vida le enseñaría a doblarse sin besar el suelo para alzar la cabeza muy alto.
Ella, siempre incólume, tomó su bolso con la derecha y con la izquierda recogió sus zapatos, salió a la calle abriéndose paso entre frustrados intelectuales y admiradores reprimidos de poetas sin nombre. La calle húmeda la recibió con el frío de la media noche, o más entrada incluso, y se sentó en un escalón, intentando coordinar sus movimientos para ubicar los zapatos en el lugar que iban. Una voz le ofreció ayuda. Ella sin pensarlo aceptó. Era él, el hombre que le sonrió al llegar y al que ella tomó por la cintura excusándose en el poco espacio disponible. Él era, pero más sería, y ella lo supo en un segundo. En ese sólo segundo que rozó su espalda con su geografía deslavada.
Yo te conozco, le indicó él. 
No, pero me conocerás.
Y lo conoció. No sólo la ayudó con sus zapatos y con la fría noche. La ayudó a cambiar su mundo.

Tal como ahora lo volvía a cambiar.