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El temblor

Camino por Marcoleta. Me detengo en Portugal. Luz roja. Una mujer me observa detenidamente. Veo un guanaco pasar frente a mí. Las piedras en mi mochila, comienzan a temblar.

Santiago

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Amo el Santiago que se apaga; que se adormece en el hombro de otro, sin importarle no conocer su nombre. Amo el Santiago cansado, aquel que se esfuerza por devorar las últimas páginas del libro antes de llegar a destino. Ese Santiago de paso lento, que sólo le importa llegar, dejando a un lado los tacos, la hora punta, la gente ávida de tiempo que avanza inmutable como una masa compacta. Amo aquel Santiago condescendiente, que se sorprende y conmueve al ver alguna trágica noticia en televisión, para luego ir a dormir dominado por el agotamiento. Amo aquel Santiago que duerme con los ojos abiertos y siempre soñando; y a sus amantes, que a medianoche se juran amor eterno y unen sus cuerpos en la penumbra. Amo el Santiago que bosteza y se estira por las mañanas. Pero ese ya es otro Santiago.

Nuevo día

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Aquella mañana abrió los ojos pensando “me queda un día más”. Se levantó con todas las ilusiones de disfrutar al máximo la oportunidad de ver el sol nuevamente. Pero al salir todo estaba oscuro. El sol se había consumido entre negras nubes. Así como las almas de los hombres se consumen en el egoísmo y la ambición, pecados de los cuales ella estaba limpia. Ella era la única que podía aún podía observar en qué habían convertido su cálido mundo.

La Maldición del Poeta

A dos pasos de ella estaba nuevamente; en cualquier momento se volvería y la tendría frente a sí. Por fin podría revelarle su secreto: él era su ferviente admirador; el que cada día le hacía llegar versos inspirados en su beldad e inocencia, su anónimo poeta... La chica se volteó y le sonrió indiferente; continuó su camino... Como todos los días el joven poeta la dejó ir; sin atreverse a más que dejar los versos matutinos junto al bolso de la joven. Como todos los días la maldición hizo de las suyas: las palabras no acudieron cuando fueron requeridas, hasta el momento de componer los versos para el día siguiente...

Miedo

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Buh! dijo la pequeña niña bajo la sábana. Y el fantasma huyó despavorido.