Apagué el cigarro en el vaso. Si mi madre me viera haciendo eso, sufriría un ataque; si mi madre estuviera viva, moriría de un ataque al ver el desastre en que me he convertido, al ver al límite que he llegado. Siempre pensé que podría ser peor, y que todo iría bien; aunque tardara un poco. Pero me equivoqué, ahora lo veo, tenía que consumir cerca de treinta años y muchos cigarrillos para ver claro. Suspiro. Leo el diario. Me pregunto si habrá lugar allá afuera para aquellos que fuimos derrotados en extemporáneas batallas y nunca sanamos nuestras heridas. Veteranos de la vida, autoexiliados, suicidas sin destino. Suspiro, lo único que hago cada día de forma rutinaria. Dejé de hacerlo por un tiempo, alguien me pidió fe, y la tuve por ese alguien. Alguien me pidió fuerza, y arrecié mi espíritu por ese alguien. Ahora chequeo mi correo, mi contestadora. Y no hay señales de ese alguien que pidió tantos deseos que le fueron concedidos. Tomo otro cigarrillo y lo observo con...