Reflejo

21 de agosto de 2010

Tu nombre está impreso en cada página.
No necesito indicarte el lugar en que haz de hallarlo.

Observo con detención aquella figura que se para frente a mí. Su mirada sostiene desafiante la mía; su boca, una mueca de indiferencia, pareciera tener algo que decir.
Ojos cansados. Labios mustios y resecos. La piel de mármol y los hombros caídos.
Lástima. Eso provoca en mí.
Veo en sus ojos, que alguna vez brillaron con intensidad. Veo en la comisura de sus labios, que alguna vez sonrió. Sus hombros caídos, evidencian el cansancio, la desidia de los años pasados que se cargan sobre la espalda y encogen el alma hasta hacerla un pequeño bulto que fácilmente se extravía.
Y quién no ha extraviado una parte de sí. Al entregar el corazón a quien no lo mereció; al dar la mano a aquel que empuñaba ponzoñosa daga; al confiar en ese que no supo luego cuidar sus palabras.
Y es que todos viven expuestos a perder algo, incluso a sí mismos; a ir por un tortuoso camino, y no regresar por él. Y aquella mujer que se hallaba frente a mí, parecía ir por un camino muy distinto al emprendido.
Un mechón de cabello se le escapaba de la cola recogida, a ratos lo soplaba con sus labios rellenos de palabras reprimidas. Yo le sonreí sincera; ella me devolvió al instante una sonrisa de desdén.
Me pregunté qué pensaría. Quizás en lo que debía hacer; qué cosas comprar, o quizás en lo que habría discutido con alguna amiga durante la tarde, ¿acaso había llorado? Sí, tenía los ojos enrojecidos; quizás pensaba en aquel que le quitaba el sueño, o en algún amante pasajero; o quizás solo observaba la gente que la rodeaba mientras se consumía en su propia soledad.
Por un instante desapareció. Las puertas se cerraron y ella seguía frente a mí. Silente. Inmóvil. Como una sombra. Como un reflejo.
Una vez leí por ahí, que al final de la tarde todos usamos las puertas del metro como espejos.
Pero ese no podía ser mi reflejo. No era esa mujer la que yo recordaba. ¿Cuánto tiempo sin detenerme a observar como lucía desde e exterior? Tan ensimismada, cercada por impuestos deberes, y el maquillaje del conformismo y la vana felicidad. Tantas lunas sin detenerme frente al espejo, para observar dentro de mis apagados ojos, y recordar aquella franca sonrisa que florecía cada día con las cosas sencillas de la vida.
Otrora la vida era simple y honesta, ahora, egoísta y mal agradecida. Alguna vez estuve rodeada de gente, gente que me amó, gente que cuidó de mí. Hoy estoy rodeada de gente, que vive en su metro cuadrado y respira sólo el aire de su burbuja macilenta.
Y fue entonces cuando sentí el peso de las horas en la espalda, y el frío de la soledad en mi vientre. Mi boca agriada se negaba a sonreír, y mis ideas confundidas alimentaban la vorágine de mi angustia.
Recordé que nunca había leído aquello de las puertas hechas espejos. Rodrigo lo había contado. Cuando él observa su reflejo ¿qué verá? ¿Se reconocerá? O al igual que yo no comprende que aquel que le sostiene la mirada es él, él mismo, único e irrepetible, y sin convencerse de la exangüe realidad, cae bajo el influjo de aquella negra pena que siempre dice acecharlo.
Me pregunto que verán los demás cuando se detienen frente a un espejo. Me pregunto que verán cuando me saludan por la mañana.
Pero ese era mi reflejo. Mi figura quebrada entre divagaciones y conjeturas. ¿En qué pensaba? O, sí, en aquello que me hizo llorar, en aquella que me dio su consejo, en aquel que no me atendía. Y en todo aquello que quedaba por hacer.

Dios bien sabía que él no quería ser un ángel.

14 de agosto de 2010


Menos luego de manchar su manos con la sangre de uno. Es que sus vidas son tan difíciles, viviendo entre nubes, nada sabían del mundo. Y cuando él conoció aquel ángel, una mañana tardía, sólo atinó a tomarlo de la mano y arrastrarlo junto a él. Luego supo que era un ángel, antes de eso nunca había visto uno. Y quizás nunca más tendría uno tan cerca. Digo quizás, porque no los reconocemos hasta que es muy tarde, y hemos arrancado sus alas, o cegado sus ojos, y al seguir ellos en pie, buscando alzar el deseperado vuelo, o caminando a tientas entre calígenes, comprendes la grandeza de aquella criatura a la cual has condenado con tus propias manos. Y es que ellos son los que se dejan dañar, incapaces de negarse ante quienes aman, al no ser correspondidos siempre saldrán heridos. No son como los mortales simples y ordinarios, no son como tú o cómo él, su paciencia es infinita, y su bondad como un cáliz fecundo. Y su vientre un cálido nido. Y sus manos suave caricia. Y sus ojos luminosos atardeceres. Y su corazón, frágil como botón de rosa, se abre ante el calor del prematuro amor. Él bien sabía que había conocido un ángel. Pero él nunca sería como uno, menos luego de arrancar las alas de aquel que arrastró junto a él una mañana tardía, al atardecer de coral ya era tarde y el rostro del ángel estaba cubierto de lágrimas. Y dejando un pequeño rastro de lágrimas perladas, el ángel se alejó. Alguna vez lo vio, entre la gente y las calles llenas de soledad, él ángel nunca lo perdonaría, y él al ángel tampoco.
Él no era un ser inmortal, nunca podría quedarse por siempre junto a un ángel, por hermoso que este fuera. Mejor buscar una mujer de verdad, una que no perdonara cada error y cada mentira, una que no sonriera mientras se desangraba y culpaba de arrancar las alas de otro ángel, y con mirada exangüe y sonrisa fallida insistiera en que todo estaría bien...
Y todo estuvo bien para él. Quizás aquel ángel no tuvo la misma suerte, pero nadie se pregunta hoy por aquel que amó ayer.

Sola en casa

7 de agosto de 2010

Enciendo la radio en la sala, la quejumbrosa voz de Ozzy llena el espacio. Me arrastro hacia el escritorio, retrasando cada paso, cada suspiro, deteniendo el tiempo en la palma de mi mano.
Me dejo caer en la silla que se mece suavemente, debería ajustarla, pero qué importa, pronto tendré que cambiarla.
Tomo ti taza y bebo el café fresco, pero ya casi frío. Algunas gotas caen sobre el teclado y me pregunto dónde irán a parar, es probable que se deslicen hacia ese mundo secreto oculto bajo las teclas, donde cientos de ecosistemas deben gestarse, sin imaginar que hay todo un universo fuera.
Universo, afuera. Afuera, ¿de qué? ¿de mi puerta, de mi calle, de mi ciudad?
Cientos de relojes irrumpen mis divagaciones, Time suena ahora, y recién me doy cuenta de que mi café está aguado. No debería beberlo, eso dijo me doctor, ni fumar, ni las bebidas alcohólicas. Tampoco sexo fuera del matrimonio, ni cruzar la calle en rojo, pero el mundo no está como para seguir instrucciones dictadas desde afuera.
Afuera. Un universo entero, y yo sentada frente a una taza de café aguado. Sola, y escuchando Pink Floyd. ¿Adónde está el mundo ahora? Detenido en la palma de mi mano. ¿Adónde están los mejores años de mi vida? Medio como, medio duermo, medio leo, medio vivo. Medio bebo las tazas de café, y a medias siempre dejo las tardes.
Es que desde que comencé con esto que enfermé de soledad. Ya nada queda cerca, los conocidos de siempre, y un par de lejanos amigos. Maldita epidemia, que a todos contagia.
Virus infame, inmune a todos los esfuerzos por librarse de ella.
Enfermos de soledad nos refugiamos en nuestros rincones arrendados, en nuestras copas vacías, en nuestras páginas ajadas. Pecando de autosuficientes, de fuertes e independientes, cuando no somos más que ovejas que se han alejado del rebaño, siempre recelosos del temido depredador, esa bestia amarga llamada soledad. El que esté libre de pecado que lance la primera piedra, pues antes de darnos cuenta ya no somos víctimas de aquella que nos acecha en cada esquina que cruzamos, somos portadores de su sino mefítico, y rehuimos de quienes nos rodean, de aquellos que nos observan fijamente, como si buscasen conocer nuestras ideas e impresiones...
Y nos encerramos temeroso bajo siete llaves, con ello nuestras ideas, nuestros sentimientos. La soledad gana la batalla, y nos quejamos de ser sus víctimas, cuando en verdad hemos puesto nuestras cabezas en bandejas de plata.
La voz de Bruce Dickinson interrumpe mis divagaciones. No puedo seguir flotando con tanto ruido, mejor me concentro en otra cosa, y de paso aprovecho el tiempo.
Pero no apago la radio, aunque escucho otra cosa en desde mi PC.
Necesito ese estruendoso sonido que todo lo inunda. Así engaño mi mente, y me convenzo de que hay alguien rondando por la casa.
Hoy no estoy sola.
Alguien vaga por la casa, aunque sólo esté su voz presente.

Perdona que no siga tus pasos,
Perdona que de la mano
no os pueda coger,
tiemblan mis labios por besarte,
tiembla y arde por ti mi piel.


Cada uno en su hemisferio,
Perdidos, antípodas amantes.
Tú sigues tu estrella
Yo voy tras mi cruz.
Que pequeño se hace el mundo
Cuando quieres desaparecer,
Mas inmenso e infranqueable
Cuando buscas tu querer.


Esta noche amado mío,
Creo, me despido de ti.
Voy yo tras mis sueños,
Y tú ya debes partir.
Y no temo tu partida,
La vuelta al mundo habrás de dar,
Y si sigo mi camino,
Contigo,
Algún día,
Me voy a encontrar.