Locura en flor: Parte primera

23 de septiembre de 2010

¡Te reís!... Pero sólo vos me ves.

Mientras tomaba entre sus manos las flores resecas que caían del florero, la joven morena que permanecía inmóvil en la esquina no separaba sus ojos del horizonte perdido.

Él abría sus manos como alforja que cuidara exquisito tesoro, y aún parecía perfumar el ambiente con aquellos marchitos pétalos. Y respiraba sobre cada flor marchita, para que esta soltara sus vestidos, como seducidas por aquel galante hombre que recogía ahora sus ropas.

Con suma delicadeza las aprisionaba y entre sus dedos, sin dejar escapar ni un solo pétalo, pero sin oprimirlas, quien podría oprimir una creación tan bella, quien podría apresar la belleza hecha vida.

Se acercó a la mujer morena de la esquina. Y le habló del cielo, de los árboles, de las aves que anuncian el arrebol de la aurora, de como se posa el sol en tus ojos, y como haría bailar las estrellas sobre tu cabeza, y mira, no son éstas flores secas, son amores marchitos, historias de alguien que llora y suspira abrazando su almohada, por miedo a alzar el vuelo, ¿y sabes qué hago yo? Los ayudo a volar. Tomo sus historias entre mis manos, aún huelen a puro amor y deseo, a palabras silenciadas y noches en vela, mira, acércate, las tomo así, las recojo una a una y luego subo a la nube más alta, y las echo a volar, y me despido de ellas deseándoles suerte, mientras caen y abren sus alas.

Pero la joven seguía silenciosa, impertérrita. Él le tomo una mano, y ella inmutable.

No es esta una tarea fácil, prosiguió con su monólogo, ¿ves aquellos dos que caminan por la acera? Él tenía miedo de hacer sufrir aquella dulce muchacha, y más daño le hacía guardando distancia. Así que un día, recogí su historia y le di alas. Y míralos ahora, felices. Yo quisiera ser feliz como ellos. ¿Eres tú feliz? O sólo observas el horizonte, o quizás eres un ángel, o quizás no vienes de este mundo.

- Muéstrame cómo lo haces.- Lo interrumpió ella.

Y una alegría inmensa subió desde la tierra y le coloreó el rostro. La mujer le había contestado.

Ella

20 de septiembre de 2010

Ella había encontrado un muerto en medio de su cabeza

Siempre sintió que medio vivía, o quizás estaba siempre a un paso de morir.
Dicen que nació media muerta. Pero yo nunca pude encontrarla ni a la mitad de la vida.
Dicen otros que su vida se fue con el sol de la primera mañana, y que extravió el resto a la mitad del camino.
Siempre le dijeron deja eso, yo también lo hice, eso que te está matando. Ella siempre contestaba que de dejar eso, eso que la estaba matando, moriría antes.
Ella me enseñó muchas cosas, a nunca vaciar por completo la copa, a no vivir de lo que hay si no de aquello que queremos tener, a no temer el nuevo día.
Yo que tomé su mano en el último día, y oré por su alma al enfrentar el juicio final, sé a ciencia cierta que no hubo arte más bello en su corta vida, que aquella de lograr enfrentar cada mañana con el alma ya apagada y los ojos llorosos. Vivir a medio morir, fue una de sus más loables hazañas; pero la más grande de todas fue amar como si la vida se naciera en su abrazo.

Yo digo hoy que no supe vivir, y ahora que cae el telón suplico un último día para entregar aquello que siempre guardé por temor.

Soy como tú

14 de septiembre de 2010

Soy como esa que quiso al hombre incompleto.
Sueño como aquella que vende flores a los amantes. Duermo como la que se desvela por quien venera. Recuerdo como la que visita el camposanto cubierto de suspiros. Callo como una que en ello ve como se va la vida. Respiro como aquella que corre por las calles, libre de cadenas y morales. Canto como quien pide al dios misericordia. Perdono como una que mil veces se ha visto ofendida. Escucho fiel, confesora de secretas pasiones. Me aferro como la incipiente vida que se anida en el seno. Sobrevivo como quien saltó del acantilado.
Fui hermana, soy madre, soy tarde y mañana.
Odié como la que vio su hijo crucificado. Lloré como la que ve sus sueños quebrados.
Y amo como esa que por ti, tiene la mirada perdida.
Soy igual que tú, soy igual que esa.
Me abro camino entre la enramada y el desierto, trazo senderos sobre la desilusión del momento.
Observo en silencio la muerte del astro, maldigo entre dientes el tiempo inflexible.
Soy como esa, soy como tú. Tengo tus mismos temores, sufro tu mismo dolor.
Soy la flor de cera
que añora la primavera del jardín.
Soy la hierba seca
que nunca habrá de besar el rocío.
Soy como aquella higuera, cuya única certeza es amar el hacha, y abrir su vientre a quien no entiende el milagro de soñar. Dar hijos secos y desdeñados; frutos a la tristeza condenados.
Soy la flor de cera que nunca dará frutos.
Soy la hierba seca que ya vio la vida pasar.
Soy higuera talada, hecha leña, destruida.
Soy aquella que amó, pero nunca fue correspondida.

Reflexus II

10 de septiembre de 2010

Quiero un cuaderno en blanco. Sin límites, sin guías. Quiero papel inmaculado, para mancillar con mis ríos de tinta, negra como la noche, negra como el pecado.
Quiero bosquejar una nueva vida, con nuevos encantos y nuevas cadenas.
Quiero abrir la ventana, y dejar ir las penas, los temores, las pasiones, todo eso que se envuelve con mis sábanas y se escurre por la piel. Y sentir la brisa fresca mecer mis cabellos coronados con una tiara de azahares, de sueños, de ilusiones; y el vestido vaporoso de la naciente aurora se agite con el viento y las vertientes claras.
Quiero un cuaderno en blanco, y un nuevo cuento iniciar.
Son muchos los capítulos vividos, y muchos quedan por narrar.



- Yo no soy tú.- Susurró una voz cavernosa desde el otro lado del cristal.
Retrocedí un paso, y la mujer que me habló, hizo lo mismo, sorprendida, igual que yo.
- Yo no soy tu reflejo; yo soy la imagen de aquello que tú quieres ver en el espejo.

Jardín versado

7 de septiembre de 2010



Madre selva perfumada,
margarita blanca piel,
mejillas amapoladas,
y tus tristes labios de clavel.

Ojos negros de Susana,
rostro grácil de magnolia,
como candorosa porcelana
y apasionada begonia.

Con tu risa de petunia
en mis lilas floreciste
y con tus lágrimas de fucsia
mis ilusiones reviviste.

No te quiero siempre viva,
ni perfumada azul violeta.
Corona de azahares la vida,
y que el jazmín te abra sus puertas.

Eres frágil clavelina,
y suspiro yo por ti,
con tus manos de alhelí
yo te quiero buganvilia.




El ciclo del silencio

6 de septiembre de 2010

Léase a voz alzada.

El suave susurro del silencio
sucumbe ante la avariciosa voz
de sagrados sueños. Yo presencio
como sega su esencia la hoz.

Sustituyen poco a poco mi alabanza
roncos ritmos, rudos, rechinantes,
así realzan toda su probanza:
arremeten, pero van mermando.

Vuelven nuevamente a la quietud,
de pasadas calmas y dulces voces.
Del silencio los susurros son multitud,
¡para ser ultrajados otra vez entonces!

Amada de plata

4 de septiembre de 2010


La arena se colaba entre mis dedos. Fría, húmeda. Mis pies se hundían lentamente en ese mar seco, apacible y granulado, llamado playa.

Aún me parecía soñar.

Mis labios salobres se agrietaban, y la brisa golpeaba mis ojos enrojecidos.

No sé cuánto tiempo tardé en reaccionar, parecía que aún soñaba, mientras mi piel se helaba.

El viento álgido soplaba con fuerza, como si quisiera despertarme de aquel mal sueño.

Las aves entonaban una lúgubre melodía en honor a la dama argentada, cuyo rostro dadivoso iluminaba la playa. Y yo, suspendido de su luz, y con el alma prendada de ella, fijaba ojos y corazón en lo profundo del cielo.

Sin nubes, sin estrellas. El cielo era sólo mío, y la ama y señora de los delirios nocturnos gozaba del papel protagónico en aquella obra maestra. Pieza más perfecta, imposible de hallar en este mundo desolado. Pues no hay otra criatura más cándida y pura que aquella que vela y desvela nuestro sueño.

Yo no tenía opción, envuelto en su luz serena, mi alma ya cruzaba el cielo a su encuentro. Suspendido, prendado, preso de su celda diáfana, no advertía como el mar comenzaba a acariciar mi piel con sus infinitas lenguas.

Y cómo eludir aquel canto de lirios argentados. Era la gran dama quien requería mi presencia. Y en un impulso de amor y veneración alcé los brazos para recibir los suyos y avancé buscando aprehender su delineada figura, hasta que la visión se me hizo imposible, y con el pecho oprimido, me consumí en el seno de la rada.

Pero no creas que no la observo cada noche; la acecho en su oscura atalaya, rodeada de luminosos jardines.

Y aún me parece oír mi nombre, sin poder dar yo respuesta, en las noches que se acerca más y más para buscarme entre los acantilados oceánicos.