Anillos de mi corazón

27 de septiembre de 2009


Cuando uno ya no recuerda ni su propio origen, contar los años que marcan la piel es una… tarea inútil. El tiempo pasa indiferente ante quien desea detenerlo, y aquellos que en la vida comenten el error de asumir el rol de peón, ni siquiera imaginan que otros gozamos de la libertad de una reina, jugando una eterna partida de ajedrez como si el mundo fuera un veteado tablero y, sin embargo, jamás nos aventuramos al jaque mate.

Lo único que sé de mis primeros días es que fui enraizado sobre la tumba de un joven que murió, según entendí, de amor por una ingrata doncella. Eso de ingrata, la verdad me causa cuidado; no creo que un corazón inocente y virtuoso sea capaz de herir a quien le entrega su vida, su alma y su corazón… Menos si dice amarlo… pero eso es lo que cuenta la tradición…

Mientras su cuerpo existió me atosigué de su sangre, y desconozco si esa fue la razón, pero siento que en mi frío corazón algo hay de esencia humana. Ese algo me hace razonar y sentir… s e n t i r… y ese miedo a la soledad…

A mi alrededor creció un jardín espléndido y alrededor del jardín una pulcra y silenciosa ciudad. El número de sus moradores va en ascenso día tras día. Tiene senderos de tierra, edificios de ladrillo maquillado en cal y casitas cubiertas de alfombras esmeraldas y flores iridiscentes. Es un lugar perfecto para ir a descansar para siempre.

Desde mis incipientes primaveras la soledad me ha acompañado fielmente; y aunque cada día salude a la brisa fresca, intercambie chismes con las celestinas aves que vienen a mí y preste refugio a llorosas personas vestidas de inmaculado luto, esa sangre que aún recorre y se deshace en mi savia, me hace añorar una eterna compañía.

Y en cómo obtener compañía pensaba, cuando un día cualquiera apareció un lúgubre cortejo que se detuvo a mi izquierda. Introdujeron una cama de madera cerrada a una pequeña capilla, de diáfanas y policromadas ventanas, cruces latinas y pulcras murallas; la olvidaron en el interior, y el séquito regresó de las entrañas del sepulcro, con rostros húmedos y repitiendo frases inconexas, acompañadas de un collar de cuentas en mano. Poco a poco cada uno fue desertando de su lugar junto al mausoleo, hasta dejar en soledad a una angustiada muchacha.

Era sencillamente hermosa, h e r m o s a. El humano corazón que envolvieron una vez mis raíces volvió a latir en lo más profundo de mi exangüe ser. Silente se hallaba, con sus flavos ojos fijos en la inmensidad, como igníferas estrellas suspendidas en el infinito, en la noche de los tiempos. Estaba desconsolada.

Sin motivación aparente se acercó a mí y rozó su cándido cuerpo contra mi reseca piel. Se unió a mí en un cálido abrazo, así se mantuvo hasta que la noche amenazó con atizonar las horas.

Creí que jamás volvería, como tantos otros que había visto desfilar junto a mí de la mano de un ser dormido. Pero no fue así. Era un alma piadosa y al día siguiente regresó con un pesado libro bajo el brazo. Se acomodó junto a mí y comenzó a leer a voz alzada. Hablaba de sueños quebrados, de praderas tapizadas de anhelos, de princesas encantadas por su propia vanidad, y de príncipes cegados por su ambición; leía sobre los astros que recorrían el cielo, y de la congoja de la luna por no poder concebir un hijo; habló de los males que azotaban el mundo que se extendía más allá de la tapia que rodeaba mi hogar, de las pequeñas alegrías que entregaban las fuerzas para continuar ascendiendo por el escarpado camino de la vida… habló, también de dos corazones, que decidieron unirse para siempre…

Cuando se hubo cansado de leer, me contó sobre su vida, su familia, sus sueños… y su hermano.

Su nombre era Virginia. Y hacía unos días habían traído a su hermano, para que buscara el descanso eterno entre rosas, violetas y lirios. Aquel había caído en el campo de batalla. La astucia de su enemigo había cegado la vida de toda la legión. La tristeza de Virginia era inmensa y su dolor hacía que mis flores se tiñeran de índigo.

Una noche, de sombría danza argentada, busqué el consejo de la lustrosa y blanquecina dama, aquella noche más constelada de ámbar y azogue que nunca. Deseaba devolverle a la alegría el lugar que siempre debió ocupar en el semblante de mi idolatrada Virginia.

-Convierte tus flores en capullos, y regresa las mariposas a sus ninfas: entonces, advierte a tu amada de la tragedia que cegará la vida de su hermano; y verás cómo regresa el brillo a su mirada –me aconsejó la sabia dama de plata.

Hasta que los cabellos rosáceos del alba desplazaron el sombrío manto nocturno, reflexioné sobre el consejo que el astro nocturno me había dado. Extrañas palabras, de una incomprendida consejera, bañadas de secretos y perfumadas de misticismo.

Extrañas palabras que logré descifrar, y que me exhortaron a tomar la mano de Virginia, y conducirla de regreso hacia el camino de la beatitud.

Al día siguiente, Virginia vino a mí como de costumbre y al acariciar mi agrietada piel le transmití mis pensamientos como efluvios a su corazón.

Virginia, te amo, y quiero que seas feliz. Mucho he divagado de cómo regresarte a la vitalidad extraviada y sólo una solución he encontrado.

Virginia, volverás atrás, y avisarás a tu hermano de su funesto destino. Evitarás su averna muerte. Sólo entonces creo que serás feliz, y sólo entonces también yo lo seré”.

De inmediato imprimió una sonrisa en su rostro, y prosternada ante mí, agradeció mi gesto de benevolencia. Pero yo no quería su gentileza, sólo anhelaba su complacencia.

El tiempo destejió las horas, y trece lunas renacieron en el manto oscuro de la noche del pasado.

Mis palabras se grabaron a fuego en su recuerdo. Y al pasar los días, ningún lúgubre sepelio tuvo lugar junto a mí.

Creí que no volvería.

Pero juzgué mal.

Trece días después una hermosa muchacha con ojos de miel, irrumpió en la flébil paz de mi soledad.

Virginia.

Y así vino cada día, como tácitamente lo había prometido.

Y así viene cada día.

Y cada vez que la Inexorable amenaza eclipsar la luz de sus dorados ojos, las lunas reflorecen en el horizonte, y vuelve a mí una joven de ojos pardos, a reescribir la historia que el tiempo plasma en los anillos de mi corazón.


La Maldición del Poeta

21 de septiembre de 2009

A dos pasos de ella estaba nuevamente; en cualquier momento se volvería y la tendría frente a sí. Por fin podría revelarle su secreto: él era su ferviente admirador; el que cada día le hacía llegar versos inspirados en su beldad e inocencia, su anónimo poeta...
La chica se volteó y le sonrió indiferente; continuó su camino...
Como todos los días el joven poeta la dejó ir; sin atreverse a más que dejar los versos matutinos junto al bolso de la joven.
Como todos los días la maldición hizo de las suyas: las palabras no acudieron cuando fueron requeridas, hasta el momento de componer los versos para el día siguiente...

Y estás ahí...

14 de septiembre de 2009


Y estás ahí, quieta, silente, con los ojos fijos en la nada, con los ojos fijos en lo profundo de mis aguas, con los ojos fijos en mi mirada.

Y estás ahí, tendida, aletargada, como si ignoraras lo que tu mirada provoca en mí.

¿Deseo? ¿Desprecio? Me pregunto qué me dicen tus adormilados ojos, llenos de vida, pero álgidos e impenetrables como sólo ellos pueden serlo. Indago en ellos, pero se mantienen mudos como tus labios.

No hablas, sólo observas. Quizás intentas averiguar qué es lo que pienso. Quizás tus divagaciones se alzan por sobre mi cabeza, perdidas entre etéreos acompañantes y no hay en ellos cabida para algo tan profano como mi persona.

Si sólo supieras como te idolatro. Si sólo entendieras cuanto deseo ser tu dueño. Si sólo conocieras el número de mis desvelos causados por tu mirada, mucho tiempo antes te habrías entregado a mi abrazo.

Y ahora estás ahí. Frente a mí. Tendida sobre mi cama. Llamando mi piel. Llamando mi cuerpo. Esperando a que me acerque, y tome de ti lo que todas las noches sueño.

No es tu belleza, eres como todas. No es tu inocencia, conoces los secretos de la piel. No eres distinta de las demás, pero eres única, y esa condición es la que me arrebata del sosiego a cada momento del día. Tu cuerpo, tu carácter, tu esencia, quiero todo para mí, quiero tomar todo de ti, quiero que me entregues todo lo que atesoras.

Me preguntas qué hago. Tantas lunas que te he soñado llamándome por mi nombre. No sé qué responderte, me resulta vergonzoso reconocer que tomo registro de mis pensamientos a instantes de descubrir todos tus secretos. Pero eso hago. Intento apuntar cada de detalle de lo que pienso, y siento mientras te observo tendida; aunque no hay palabras para describir aquel calor que sube por mi vientre. Quiero que una vez posado el sol en mi ventana recordar que fue cierto lo que he vivido, que el sabor de tus labios en los míos no son producto de un sueño, uno como tantos que he tenido, en los que evoco tu figura, y me despierto con tu vacío aquí en mi lecho…

Y esa mirada tuya sigue ahí, abstraída, silenciosa, pero llena de palabras cadenciosas como una dulce melodía, dulce, dulce melodía, que esta noche haré que salga de tus labios como notas e placer…

Me acerqué a ti, tu mirada no era la misma. No entendía que había sucedido. Cuando abrí los ojos estaba tendido en el suelo. Mi rostro, herido. Tus ojos, exangües. Y aquel destello de lujuria que te recorría por todo el cuerpo con cada uno de mis abrazos, perdido.

Besé tus labios con ternura, estaban fríos. Tus manos ateridas estaban contraídas. Un gesto de terror surcaba tu grácil rostro, y el pañuelo que llevabas prendido al cuello cuando llegaste, se adhería a tu garganta.

Estabas muerta.

Ahora yo también estoy muerto. Sentado en una fría habitación del hospital psiquiátrico. Preguntándome cada vez que la aurora toca mi ventana, cada vez que el crepúsculo se despide, y cada vez que el manto de la noche agobia mi existencia, por qué... Pero no estoy a tu lado, no puedo huir en busca de tu presencia para suplicarte perdón por lo que hicieron mis manos, ellas solas, sin mi consentimiento; no puedo explicarte, que no fui yo, que fue un desliz, un mefistofélico desliz que me arrebató de las manos lo que más deseaba, lo que más anhelaba, lo que más amaba…

Aquel delirio que me perseguía por las noches, y que invocaba tu nombre, fue el responsable; aquellos diablos azules que entraron por mis labios, y sólo reclamaban los tuyos, hicieron de mis manos las armas que cegaron la luz de tus ojos, aquellos ojos que yo tanto anhelaba, pero que me negaba a ver como mortales… mortales que sucumbían al llamado de la lascivia…

Miedo

8 de septiembre de 2009

Buh! dijo la pequeña niña bajo la sábana.
Y el fantasma huyó despavorido.

Girasol

7 de septiembre de 2009


Tú mi vida, eres como un pequeño Girasol.
Un Girasol chiquito, que crece sobre la hierba.
Y sueñas con llegar alto y crecer hasta el cielo.
Y observas el sol cada día, y por las noches, te duermes soñando con el próximo día.
El sol te bendice como fuerte y sano Girasol. Y te alzas al cielo, lleno de vida, que corre como savia por tus venas.
Pero un día el cielo se oscurece de pronto, y el azul se torna gris. Y la esperanza en desesperación.
Y como la delicada flor que eres, crees que el fin se aproxima.
Pero no debes temer, mi pequeña flor, el sol algunas veces no brillará sobre tu divina sien. Entonces debes recordar que por muy oscuro que luzca el cielo, el sol brilla tras las nubes; al igual que tus sueños… Quizás creas que has perdido toda ilusión, pero si tienes paciencia, te reencontrarás con ellos.