Hermoso día para morir

19 de diciembre de 2009

A Tamara y Nathalia, dos de mis musas predilectas.

Aquel día todo parecía perfecto.
El cielo más azul que siempre.
El perfume de las flores más dulce.
El verde de sus ojos más vivo.
Todas las cuentas saldadas.
Todos los rostros alegres.
Todas las sábanas limpias.
Un día perfecto.

Un día perfecto para morir.

Y decidió vivir aquel día como el último.
Y el siguiente.
Y todos los que estaban por amanecer. Después de todo, todos los días podían ser perfectos para alguien, asi como cada día podía ser el último.

Epistaxis

14 de diciembre de 2009

Mis ideas huyen de mí. Hemorragia de ideas. No las puedo contener, fluyen, fluyen en una vertiente de ideas rotas. Corren como niños en la pradera, como las aves cruzan el cielo al atardecer.

Más que ideas parecen insectos, que revolotean y fastidian dentro de mi cabeza, que se alzan al cielo y regresan a la execrable tierra que todos vapulean.

Más que ideas son heridas que no cicatrizan y sólo escuecen, por nunca llevarlas a buen puerto.

Más que ideas son brasas. Queman. Arden. Abrasan. Se extinguen, y convertida en cenizas la hoguera que alimentaron se pierden en el viento. Polvo de eternidad.

Y el polvo cae en mis ojos, como la arena que se enamora del viento y decide juguetear con él, y va a dar a los ojos de los caminantes de crepúsculos. Y ahora mis ojos sangran. Hemorragia de ideas. Ellas fluyen, huyen como si temieran perderse en el calabozo de mi mente.

¡No huyan! Son libres, pero no huyan. Jamás he convocado cancerbero a su puerta. Jamás he encadenado recuerdo alguno a mi historia.

¡No huyan!

Me desangro en ideas, de ideas. Aborto espontáneo de ideas, que fluyen, que escuecen, que abrasan, que surcan el cielo como el humo y las cenizas de una hoguera que se extingue...





Mentira

9 de diciembre de 2009

Me miras a los ojos y juras decirme la verdad, tantas veces he visto la misma escena que ya no me conmueve.
Me miras a los ojos y titubeas, tantas veces he visto la misma escena que ya no hay catarsis.
Te miro a los ojos y juro creer tus palabras, tantas veces he visto la misma escena que ya olvidé el sentimiento primo.
Pero te aviso desde ya, preciosa de ojos marrones, que no es menester mentir cuando hablas. Yo solo puedo mentirme.
Así como ahora me miento; al creer que alguna vez me dijiste la verdad, al creer en la miel sincera de tus labios, al creer que alguna vez fuiste mía.





Evocación

5 de diciembre de 2009

En esta noche de luna plena, varios somos los desvelados.


Si cierro los ojos siento que algo se agita en mí. Es la fuente de los recuerdos que se inquieta en lo profundo; sus turbias aguas parecen esclarecerse, como si la corriente buscara limpiar el pasado, como si la roca purificara hasta el alma.

Me pregunto cuántas lunas han visto mis ojos y he querido olvidar. Me pregunto cuántos rostros he borrado, cuántas manos he cortado, cuántos labios he marchitado. Quisiera saber cuántas lágrimas he derramado con sentido, pero sin razón.

Y busco la razón de querer olvidar, de esa fuerza innata y vital, como un impulso, como un instinto elemental, que brota de mí y exhala mi piel, y que sólo busca adormecer el dolor de los recuerdos.

Hay recuerdos dulces que se agrian y emponzoñan; hay otros con mejor sino, que amargos como ajenjo en su tiempo se endulzan como almíbar.

Y son los malos recuerdos que se agitan bajo la luz de la luna, y no os permiten conciliar el sueño. Y para evitar ser su eterna víctima siempre se debe tener a mano un puñado de dulces evocaciones.

Ácidos o nostálgicos, graciosos o mefíticos, recuerdos al fin y al cabo, que se quedarán en su dimensión onírica, y nada podemos alterar en ellos. Pero sí podemos aprender, tomar las semillas del pasado para que sean bellísimas flores en el futuro.

Porque, después de todo, se han de convertir en la base de nuestro día a día, en el acero de nuestro escudo, en la arcilla de nuestras obras, en la materia de nuestros sueños…





Érase una vez la luna...