De tres en tres

26 de octubre de 2010

Brota
Sacude
Macilla
La vena que rebasa
El tinte infinito

Susurra
Amilana
Castiga
El verbo marchito
Que manda besar

Acude
Sostiene
Deshonra
La luz grisácea
Que esconde las horas

Rebasa
Besa
Esconde
La luz marchita al verbo
Teñido de grises horas
Venas infinitas

Las palabras

21 de octubre de 2010

Para que tú me oigas
mis palabras
se adelgazan a veces
como las huellas de las gaviotas en las playas.
Neruda

Hay días en que pienso más lento. Como si las palabras resbalaran porla espalda de mi mente o se deslizaran como orugas sobre la corteza del árbol de la ciencia. O fueran hechas de sílabas saviosas, letras de amargas mieles, sones de lodo cenagoso, cadencias de cera tibia...
Y las palabras esquivas se contornean frente a mis ojos, como burlescas meretrices que no permiten que me adormezca con su perfume.
Y las observo, como frutas maduras de un árbol en medio del desierto, como a la luz del sol durante un ecplise.
Y las maldigo; y ellas me devuelven su maleficio silenciador.

Reflexus III

16 de octubre de 2010

Mírame, soy la misma que viste ayer, hace un mes, la que amaste un noche, aquella que conociste hace un año.
Mírame y dime por qué me amaste. Mírame y dime qué temes de mí. Mírame.
Tengo los mismos defectos y virtudes. No soy de cera; los días pasan e igual me mantengo; no hay parafina en mí que se evapore con el sol, y mi figura se deshace entre rumores.
Soy la misma de ayer, dime ahora por qué tú cambiaste tanto.
No soy hoguera ni vid; no me he convertido en cenizas, ni he de embriagarte con dulces palabras.
Soy la misma de ayer, dime ahora en qué fallamos.
No soy haz de luz ni cierta umbría; no me desintegro en colores ni alegorías, no confundo tu paso ya difuso.
Soy la misma de ayer, dime ahora qué hizo de nosotros la vida...

Contra raza

12 de octubre de 2010

Cuando nací le dijeron a mi mamá que me pusiera un apellido normal, un apellido como la gente.

Llegué a este lugar buscando una oportunidad; un espacio; cansada de ser extraña en la tierra de mis ancestros. Expulsados, errantes, mi familia caminó siglos entre el límite del silencio y la extinición, represión.
Un dictador dijo que no existíamos, que sólo eramos chilenos; nacionales de una nación que nos nrobó, ultrajó y humilló.
Me miro al espejo mientras me cepillo el cabello, negro y lacio como el de mi madre, tengo también sus ojos, pero llenos de agua como mi papá, a quien nunca vi. Siempre digo que nací de mi madre sola, como el pehuén nace de la tierra sola; el agua vino y se fue, se escurre como mi padre sin nombre. Tengo las mejillas tostadas como mi abuela, tostadas como la harina demasiado tiempo al fuego. Me río ahora, d eniña era distinta de todos; no era como los niños de la ciudad; y mis primos se reían de mis ojos de cielo, sin las lumbreras que mi pueblo ostenta orgulloso en su mirada; como nadie, era de nadie, de ningún lugar.
Ahora llego acá; y nada cambia. No pertenezco, y a nadie me parezco. No soy chilena para muchos, y tampoco quiero serlo mientras opriman a mi familia, y continúen siendo flagelados, por pedir lo que es suyo.
Ladrón que roba a ladrón tiene cien años de perdón, me dijo una compañera cuando discutíamos sobre mi pueblo. Nosotros nada hemos tomado que no nos pertenezca, fueron ellos los que llegaron matanto y predicando, inundando y talando, quemando y disparando antes de que el primero de nosotros encendiera la primera tea.
No somos gente mala. Queremos lo que todos quieren, un lugar, un hogar. Es la gente mala quien quiere lo que los demás tienen; y no tienen más consejero que la ambición. No buscan la belleza, la paz; buscan la riqueza, la utilidad.
Somos igual que todos-, con otro color, otras creencias, pero buscamos ocupar el lugar que alguna vez nos vedaron.
Tomo mi mochila y salgo. Hoy a marchar. Unos celebran el día de la raza. Yo y mi pueblo tenemos un año más sin nada que celebrar.




La princesa y el ogro

7 de octubre de 2010

Hay mañanas en que la luna se niega a dejar el cielo, y la noche no quiere recogerse.
El sol parece no brillar, decía una niña a su madre, mientras esta la abrazaba fuerte.
Yo quiero ver mariposas mamá, cuéntame un cuento mamá.
La madre la presionaba contra su pecho, y con un suave murmullo intentaba silenciar a su hija.
Te prometo amor mío, que si callas saldremos de esta, y ahí te contaaré un lindo cuento con un final feliz.
Quédate aquí y piensa en ese cuento que tanto te gusta mi vida, ese del elefante que bebe champañay alzaba el vuelo con sus orejas como alas.
Un grito seco la interrumpió. Golpes, sonidos rotos, un disparo.
La niña comenzó a llorar.
La mujer regresó al armario en que había escondido a su hija.
Salpicada de sangre, la tomó en su brazos y le cerró los ojos.
La subió al automóvil y echó a andar.
Érase una vez un ogro malo. ¿Muy malo mami? Sí, el mas malo de todos, que tenía a una reina y a su hija la princesa prisioneras de una torre de mármol...
En la sala de estar estaba el ogro tirado, aún palpitante con una botella de ron rota en la mano, y un agujero en la cabeza. El ogro ya no podría mantener secuestrada a la reina y su hija la princesa. Ya no podría herir a nadie.
Pero como en todas las historias que no son de fantasía, la reina muy tarde se había dado cuenta de que estaba prisionera, y muy tarde tomó conciencia de que su hija correría un destino similar al suyo si no se alejaba de aquel malvado ogro.
Y como siempre sucede en la vida real, la mujer sería castigada, por atentar contra aquel, que antentó durante años contra ella; porque siempre el temor es más fuerte, hasta que se cierran todos los caminos.

Reflexus V

6 de octubre de 2010

Que fácil parece en las letras
llevarlo al corazón es el problema.