Apagué el cigarro en el vaso. Si mi madre me viera haciendo eso, sufriría un ataque; si mi madre estuviera viva, moriría de un ataque al ver el desastre en que me he convertido, al ver al límite que he llegado.
Siempre pensé que podría ser peor, y que todo iría bien; aunque tardara un poco.
Pero me equivoqué, ahora lo veo, tenía que consumir cerca de treinta años y muchos cigarrillos para ver claro.
Suspiro. Leo el diario. Me pregunto si habrá lugar allá afuera para aquellos que fuimos derrotados en extemporáneas batallas y nunca sanamos nuestras heridas. Veteranos de la vida, autoexiliados, suicidas sin destino. Suspiro, lo único que hago cada día de forma rutinaria.
Dejé de hacerlo por un tiempo, alguien me pidió fe, y la tuve por ese alguien. Alguien me pidió fuerza, y arrecié mi espíritu por ese alguien. Ahora chequeo mi correo, mi contestadora. Y no hay señales de ese alguien que pidió tantos deseos que le fueron concedidos.
Tomo otro cigarrillo y lo observo consumirse. Se apaga como la luz de los días, como el color de mis mejillas.
El milagro nunca fue. Era demasiado bueno para ser verdad. Y yo mientras, me arrodillaba para orar a falsos ídolos y promesas de eterno amor resecas.

Espero

18 de enero de 2011

Hay una ventana. Una ventana casi abierta. Pero prefiero no saber que hay más allá.
Mis huesos crujen de frío.
Mis huesos crujen de dolor. Ay, es el dolor lo que me mantiene con vida. Una vez me recomendaron que me alegrara, si sentía dolor, podía tener muchas otras sensaciones. Pero el dolor prima por sobre todo, y por sobre la nada.  Y nada me queda desde entonces, como si aquella tarde todos mis sentidos hubieran cerrado sus puertas. Por eso observo aquella ventana entreabierta.
A veces pienso que si cierro los ojos por mucho tiempo, cuando los abra estaré en otro lugar. Pero aún no sucede. Aún espero.
Espero que alguien abra la ventana que aún no me atrevo a abrir con mis manos mustias y temerosas.
Ríe hoy.
Ríe ahora.
Puede que mañana este revólver esté cargado, y ya no tendrás de qué reír.

Sin Nombre

9 de enero de 2011

Los milicos llegaron una noche dijo mi papá, abrieron un hoyo al final del cementerio, donde todavía no se poblaba, y lo taparon al tiro.
Mi mamá me mandaba a dejar flores al montón de tierra escarbada todos los domingos. Todos sabían que eran almas sin nombre, rostros borrados que una vez dejaron su hogar y familia y nunca más vieron la luz, pero sólo lo confirmaron hace un año una gente que vino de Santiago.
Se llevaron todo, hasta el último hueso que encontraron al fondo de esa fosa negra.
La gente de mi pueblo puso una placa en memoria de aquellos héroes sin nombre: Los que una vez respiraron lucha, hoy respiran libertad.

Palabras al aire

5 de enero de 2011

(Lo que no te dije ayer, se lo digo hoy al viento.)


Perdona haberos querido tanto,
perdona haberos escuchado,
perdona por abrazarte cuando lo necesitaste,
y haber acudido a ti cuando me llamaste.
Perdona por estar ahí siempre para ti,
perdona por ser sincera contigo,
perdona por mirarte a los ojos y decir lo que pensaba,
y perdona por haber confiado en ti.
Perdona por odiar a mi mejor amigo por haberos hecho él a ti sufrir,
perdona por no querer que sufrieras lo mismo que yo,
perdona por tratar de abrir tus ojos,
y perdona por dibujar lo que veía.
Perdona por cumplir mi promesa de contigo vivir, y quedarme sin techo seguro,
perdona por organizar tu cumpleaños y querer celebrar en paz,
perdona por correr hacerte sonreír, y por secar tus lágrimas.


Perdona todo aquello que hice por ti,
no conocía el daño que te hacía,
no sabes cuanto lamento, 
haber estado ahí para ti siempre.