Eclipsada

24 de abril de 2011

Ya sé, ya sé, fue sólo un momento, difuso, callado, fugaz. Un astro eclipsado por otro astro, cuya sombra no podría opacar por siempre a ese de quien se aferraba.
Aún así me niego a aceptarlo, me niego a creer que me he convertido en el satélite de uno, y que aún giro a su alrededor, solitaria, monótona, derrotada; mientras ese que venero no detiene su paso raudo para aceptar mi abrazo.
Soy una condenada a la soledad, de esas que por propia mano han atado el cadalso a su cuello; no sufro por su ausencia, no, sufro su indiferencia.
Y regreso al lugar en que todo comenzó, para no detener mi marcha cansada; mientras, ese  a quien venero en silencio, sólo se digna a rozarme brevemente con su sombra.

Conversación con una extraña II

18 de abril de 2011

La mujer de cabellos grises rozó mi hombro, sacándome de mi embotamiento.
Él es feliz, aunque le habría bastado con tu amor para serlo aún más, sólo entre tus brazos.

Conversación con una extraña I

Me preguntó que era lo que yo más odiaba: La inconsecuencia, y la cobardía.
Miró a mi alrededor y suspiró, que inconsecuencia la tuya dijo.

Buscando el sol

17 de abril de 2011

Cruzó el crepúsculo buscando el sol.
Tantos añiles inviernos congelaron hasta sus sueños infantiles. La vida pudo más que novelas y jazmines, la niebla cubrió más que los abrazos y fugaces estrellas.
Estas largas tardes me recuerdan el invierno. ¿A pesar del calor? ¿A pesar del azul del cielo? Le increpé una larga tarde. A pesar del calor, de la luz y del azul del cielo, de tus labios y de tus cabellos, no soporto la espera.
Y echó a andar cruzando montes y caderas, escaló vientres y recorrió cuellos. El crepúsculo sólo era la puerta.
El sol se hizo eterno entre las sábanas de sus amantes fugaces.

Recuerdo

13 de abril de 2011

Verte y sostener tu mirada.
Seguir el camino que nos vuelve a reencontrar.
Ignorar tu ojos insistentes, su luz, su emoción. ¿Por qué tu mirada tiembla? Si ya son tantos años sin verme. ¿Por qué buscas mis pasos tras de ti? Si hemos tomado senderos tan distantes.

Veo la palabra entre tus labios, cada vez que volteas acechante. Pero veo el temor en todo tu cuerpo, la cobardía que devora tus pasos y sueños.
Camino a tu lado y sonrío. Como quien coquetea a un extraño. Beatriz. Me adentro en la boca de cristal sin mirar atrás.
Beatriz. Y tu mano sobre mi brazo. Sonrío una vez más.
Perdone, pero mi nombre es Violeta. Y continúo mi camino, con los ojos vidriosos.
Ignorando el pasado, y su hiel del recuerdo. Consciente de que sólo yo te conozco y reconozco; y que yo para ti, sólo soy un fantasma entre la gente.



No es el dolor de los sueños rotos. Sólo es el recuerdo de pasos y risas por el pasillo; el perfume de flores secas.
No es la culpa de los años, es el peso de las ramas que se alzan al cielo, infinitas.
Tampoco es la noche, la copa se vacía siempre al mismo ritmo.

No es la soledad, es la compañía de lo inesperado.
Nací mujer y no poeta.
Con un río en el pecho y en la mano un gorrión.
Mustia la boca, lagrimeante el corazón.

El nació poeta y no mujer.
Con los hombros resecos y una daga en la mano.
Rojos los ojos y de cera la piel.

Yo abro mis manos y dejo el gorrión volar.
Él abre las carnes, y así al mundo llegar.
Murmura exangüe mi boca
a sus ojos, pozos de ira.
Llora mi pecho como un río
que baña su impermeable piel.

La tierra me quiso mujer, poeta él.
Pero yo traje la vida,
el se bañó de dolor antes de nacer,
porque poco sabe el hombre de la vida,
nace y muere en seno de miel.
Crece, suspira, crea y avanza,
porque hombre y poeta
cae los pies de una mujer.